Alucino con la humildad de Jesús.
Siendo Dios, existiendo desde el principio, siendo el verbo por quien todo fue hecho, la palabra por la que Dios se manifiesta, cuando viene al mundo no intenta ocupar ni ese puesto.
Una y otra vez se remite al Padre.
«Mi doctrina no es mía, sino del que me ha enviado».
«Yo no hago nada por mi propia cuenta, sino que hablo conforme a lo que el Padre me ha enseñado».
Y cuando le preguntan por qué hace el bien, hasta parece quitarse mérito:
«¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino solo Dios».
Cuando habla de su relación con el Padre, llega a decir:
«El Padre es mayor que yo».
Y cuando sus discípulos quieren conocer el momento final, Jesús reconoce que hay algo que ni siquiera él presenta como propio:
«En cuanto al día y la hora, nadie lo sabe, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo, sino solo el Padre».
El Verbo por quien todo fue hecho se reconoce don del Padre.
El que podría reclamarlo todo no se queda nada para sí.
No utiliza su posición para imponerse, sino para servir.
Su fuerza fue otra.
Fue capaz de ir más despacio, de dejar espacio.
Porque llega un momento en que Jesús sabe que tiene que marcharse, y no pretende decirlo todo, a sabiendas de que todavía no podíamos comprenderlo todo:
«Os conviene que yo me vaya». «Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis sobrellevar. Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa».
Porque el Espíritu Santo continúa su obra desde dentro de nosotros, y con su propio soplo.
El Verbo, la Palabra, acepta que su palabra tenga un límite en nosotros.
La verdadera grandeza no consiste en ocupar todo el espacio, sino en tener la fuerza suficiente para no necesitar ocuparlo y dejar espacio a los demás.
Y si Jesús, el Padre y el Espíritu aún están llevando acabo su obra en nosotros, ¿Cuánto más tendremos que respetar nuestro propio tiempo y el proceso de los demás?
Y dejar que el Espíritu haga en nosotros lo que todavía no somos capaces de hacer por nosotros mismos.


