Mi queridísima madre, María Dolores Alberola García, ha sido una de mis grandes maestras en teología.
Leía cada día. Libros que subrayaba con lápiz y con sumo cuidado, no como yo, y desde una visión moderna, social y libre del cristianismo.
Qué bonito es pensar que, además de la vida, mis padres me regalaron también la fe.
Transmitir la fe debe de ser uno de los dones más hermosos que puede hacer un ser humano.
Hay una reflexión de mi madre que no olvidaré jamás.
Un día, hablando de la muerte de Jesús a manos de las autoridades, me dijo:
«A Jesucristo lo matamos todos, pues la gente se somete al poder: el pueblo eligió soltar a Barrabás».
Desde entonces intento fijarme no solo en el poder de los de arriba, sino también en nuestra propia necesidad de poder, en la del pueblo, cuando negamos la atención a la gente que más lo necesita.
O, por decirlo mejor, a Jesucristo.
Y quizá, mejor aún, a los seres humanos más necesitados.
Cada vez que rechazamos el amor de la cruz, estamos evitando la grandeza que nos mostró Jesucristo.


