La confianza en los tratamientos es algo muy personal, nadie tenemos el equilibrio perfecto.
Podemos confiar demasiado o demasiado poco en los terapeutas, con o sin sentido.
Decía mi padre que se puede confiar en una cirujana o un cirujano al que no siempre le parezca que lo mejor es operar.
Existen personas que desconfían radicalmente de todas las vacunas, de los fármacos, de acudir a servicios sanitarios…
Solo confían en la naturaleza.
Es verdad que si el cuerpo repara para qué tomar nada…si un remedio natural es suficiente e inocuo, para qué tomar un fármaco.
Pero una señora me dijo una vez, que necesitar un fármaco y no tomarlo es una postura muy medieval.
En mi experiencia, muchas veces se desconfía de la mano humana, como si la acción humana escondiera una manipulación y estuviera destinada, tarde o temprano, a hacer daño.
Esto es confuso porque el hecho de desconfiar hace que siente mal hasta el agua.
A veces ocurre por nuestra historia afectiva, de cierta carencia, pues cuando tuvimos que confiar, no nos salió a cuenta; ese vínculo se reactiva.
Porque la naturaleza es maravillosa, pero no es una madre: también hay inundaciones, terremotos y setas venenosas.
Y con los fármacos ocurre algo parecido: no hay que tomarlos porque sí, sino cuando sean necesarios y el beneficio supere al riesgo: el remedio no puede ser peor que la enfermedad.
La pregunta objetiva debería ser: dime qué hace este fármaco en mí y te diré qué opino.
Porque puede no ser necesario o no ser conveniente, pero también puede ser extraordinariamente útil. Antiguamente las niñas y los niños diabéticos morían porque no había insulina.
Hay personas trabajando en laboratorios que han dedicado años a investigar, más por vocación que por dinero, y que han encontrado remedios que han salvado millones de vidas. Médicos e investigadores que incluso renunciaron a enriquecerse con sus vacunas para que pudieran llegar a más personas en África.
¿Son ellas y ellos una mano negra?
La mano humana, la del prójimo o la propia, puede hacer mucho bien, pero también puede hacer daño.
Quizá la cuestión no sea confiar ciegamente en la naturaleza ni desconfiar ciegamente de lo humano.
Quizá la verdadera sabiduría consista en aprender si me beneficia o me daña, pues el único absoluto soy yo, los fármacos y la naturaleza, no,
Esa es la verdadera ciencia.


