A veces se escucha: «en este mundo hay tres o cuatro personas que nos manejan y deciden lo que votas, lo que consumes, los gobiernos que elegimos; está todo dirigido desde las élites…».
Aunque, en mi caso, si alguien me manipula, que lo haga mejor, porque en las últimas elecciones no supe a quién votar hasta pie de urna.
El mal puede ponerse de acuerdo temporalmente, pero no consigue una unión duradera, porque tiene dos enemigos: el bien y el propio mal.
En las películas, un grupo unido atracaba un banco y, después de conseguir el botín, uno traicionaba al resto y se lo llevaba.
El bien juega con otra fuerza: la capacidad del más fuerte de ir más despacio para que podamos caminar todos juntos.
Pero no basta con mirar hacia quienes mandan.
También nosotros decidimos cuando votamos, y lo hacemos condicionados por nuestras pulsiones de poder y por el deseo de huir de la propia debilidad o de la de los demás, en lugar de integrarla con amor.
Por eso, entender el mundo es también un camino personal, para intentar transformar en nosotros aquello que querríamos transformar fuera.
Ese es el camino que intento recorrer, ¡tanto queda por andar!, con la ilusión de un final feliz, como el beso de Charlot.


