La cruz es el peso de nuestra condición humana que no vamos a poder evitar ni elegir.
Aceptar la rebaja de la vida en este mundo es difícil, porque existe una distancia entre lo que deseamos según nuestra esencia y lo que podemos alcanzar, y esa falta siempre conlleva un duelo.
La cruz es el peso a sostener de no tener todavía la felicidad a la que estamos destinados.
Pero este mundo no puede dárnoslo todo.
La cruz no es estática, se vive en la relación humana, y se entiende desde nuestra igualdad esencial.
Todas las vidas tienen la misma dignidad, pero no las mismas oportunidades, capacidades, circunstancias ni dones, y unas personas cargan con más carencias que otras. Este un peso es en realidad una discriminación afectiva. ¿Por qué unas personas nacen con más suerte que otras?.
Podemos considerar planos en los que se expresa la cruz.
1. Nuestra propia naturaleza
Nuestra propia naturaleza contiene ya una cruz: somos una realidad material con un soplo de alma que aspira a lo absoluto.
Por eso tendemos a quererlo todo ya y en plenitud: la razón, el placer, el reconocimiento, la libertad o el amor.
Creemos que somos los buenos y que tenemos razón en cada momento, y esta es una de las causas de sufrimiento del mundo.
Pero si pudiéramos hablar hoy con quienes éramos hace veinte años, no conseguiríamos convencernos de muchas de las cosas que ahora sabemos, porque entonces no teníamos la experiencia necesaria para comprenderlas.
Esa grandeza unida a nuestra limitación puede convertirse en rigidez: una especie de autoestima herida que adopta la forma del orgullo o la soberbia.
2. Nuestras carencias personales
A nuestra condición se añaden carencias personales: genéticas, de salud, socioeconómicas, afectivas, de respeto…
Las diferencias, al final, también son una cuestión afectiva, de fortuna con la propia vida.
3. El nivel de evolución de la conciencia
Otra capa importante es el nivel de evolución de la conciencia, porque condiciona nuestra capacidad para comprendernos y comprender la vida.
Y que ese nivel sea diferente entre las personas complica las relaciones.
Puede convertirse en una cruz para quien está menos evolucionado, pero también hacer que esa persona reparta su propia cruz sobre quienes lo están más.
4. La diferencia en bondad
Pero quizá la diferencia más difícil de soportar, cuando nos relacionamos con otras personas, es descubrir que hay gente que es más buena que otra en las relaciones humanas y que puede tratar mejor a los demás.
Es como si, por así decirlo, en las relaciones a unas personas les hubiera tocado una porción de alma que a otras no. Y eso sería una injusticia tan grande que no podría venir de Dios.
Podemos sentir celos de quien tiene más razón, riqueza, cultura, salud, inteligencia, belleza, oportunidades o prestigio…pero que otra persona tenga más bondad puede ser lo que más duela, porque toca nuestra esencia.
Esta realidad, o este principio, es relativo: depende de nuestra relación con el prójimo.
Una persona puede sentirse inferior en bondad a otra, ser su pareja y amargar la relación. Sin embargo, puede separarse, relacionarse con otra persona más afín y hacer aparecer toda su bondad.
Es uno de los temas más desconocidos y, quizá, más importantes de las relaciones humanas.
5. Cómo se rechaza la cruz
Rechazar la cruz es profundamente humano, porque nadie desea sufrir ni encontrarse con sus propias limitaciones.
El ego rechaza la cruz porque lo quiere todo en este mundo, pero no somos autosuficientes ni no podemos controlarlo todo, somos limitados y necesitamos de los demás, también de la experiencia.
A veces intentamos llenar ese vacío compensándolo con poder, placer, reconocimiento o posesiones, incluso haciendo daño; o buscamos la anestesia que producen el abuso y las adicciones, esa descarga de dopamina que nos hace sentir, por un instante, que la cruz no existe.
Es el goce que tan bien describió Lacan: un alivio que necesita repetirse porque no transforma la carencia. No es el gozo de la paz, que nace de aceptar la cruz y aprender a llevarla liviana.
Además de esta negación, hay otra forma de rechazar la cruz: proyectarla.
Nos cuesta reconocer nuestra propia fragilidad y podemos terminar despreciándola en nosotros mismos o rechazándola en los demás.
Pero quizá el mecanismo más importante sea descargar nuestra cruz sobre quien puede o debe cargarla.
Si alguien tiene menos limitaciones y, sobre todo, si es más bueno y pacífico, podemos pasarle nuestra cruz de forma bastante inconsciente, sin darnos cuenta de manera negativa -humillando, sometiendo, rebajando, dando falso testimonio o haciéndole sentir que es mala o malo- o en «positivo» -cogiendo, apropiándose de lo de ese prójimo.
¿Por qué? Porque la cuestión es igualarme.
Porque, en el fondo, su gracia nos señala nuestra propia carencia, y eso puede ser muy doloroso, entonces la compartimos.
Su existencia nos confronta con aquello que sentimos que nos falta, y podemos intentar aliviar ese dolor haciendo que el otro se sienta inferior.
En cierto modo, hacemos al otro cargar con lo que no somos capaces de soportar de nosotros mismos.
No es de extrañar que Jesús terminara siendo tratado como un malhechor.
Pero en el fondo, es justo porque es nuestro amor esencial: la igualdad humana.
6. Aceptar la propia cruz
El amor se demuestra más en lo malo que en lo bueno.
Es fácil querer la salud, la prosperidad, el éxito, el placer y la compañía elegida. Lo difícil es seguir queriendo cuando aparecen la enfermedad, el dolor, la pobreza, la impotencia, la soledad, el fracaso o la frustración.
No se trata de desear lo malo, sino de no dejar de querer a la persona cuando aparece lo malo. Y eso comienza por uno mismo.
Aceptar la propia cruz significa tratar de cambiar aquello que puede cambiarse y aprender a convivir con aquello que, por ahora o quizá para siempre, no podemos modificar, aceptar no es resignarse de entrada, sino tratar.
Es dejar de luchar inútilmente contra una realidad que existe para poder emplear nuestras fuerzas en transformarla y así evitar que nos destruya.
Siempre habrá sufrimientos que no podremos eliminar, pero si nos amamos, nos querrermos con lo bueno y lo malo. Nunca dejarse de amar es la clave. En todo.
7. Aceptar la cruz ajena
Aquí quizá aparece una de las formas más profundas del amor.
La vulnerabilidad del otro de alguna manera, es en parte nuestra cruz, como es viceversa.
Si cigemos la cruz de alguien preguntémonos, ¿qué cruz mía me tiene que tolerar?.
La enfermedad, la inseguridad, el mal carácter, el dolor o las limitaciones pueden herirnos, cansarnos y exigirnos ugual que lo hacen a los demás.
Podemos vivirlo como una agresión y rechazarlo; pero también podemos intentar comprender qué hay detrás y cargar, hasta donde podamos, con una parte de ese peso.
Cuando alguien se siente aceptado precisamente en aquello que más le cuesta de sí mismo, algo puede comenzar a cambiar. Se siente menos solo, menos amenazado y, muchas veces, encuentra más fuerza para crecer. El amor en lo malo es lo más grande, lo más bonito, el máximo interés.
Por eso la cruz es la forma más profunda de solidaridad.
Cuando alguien nos humilla y no respondemos humillándolo, cuando nos habla con violencia y no devolvemos la misma violencia, cuando somos malinterpretados y no convertimos nuestra defensa en una batalla, estamos haciendo algo terapéutico.
No porque aceptemos que nos hagan daño, sino porque entendemos que el dolor del otro muchas veces no puede ser soportado por quien lo padece y busca, inconscientemente, compartirlo.
La cruz es mayormente inconsciente, pues la culpa, la vergüenza y el orgullo que aparecen cuando sentimos que en realidad somos inferiores, y la necesidad de proyectarlos, no son fáciles de reconocer ni de soportar.
Eso no significa permitir el abuso ni renunciar a nuestros derechos.
A veces llevar la cruz consiste precisamente en poner un límite y soportar la respuesta del prójimo: que el otro no lo entienda, se enfade o incluso nos demonice.
Lo difícil es saber discernir hasta cuándo callar, abosrbery tolerar, y hasta dónde decir, alejarnos o poner límites, y tolerar después el dolor del otro sin necesidad de devolvérselo ni juzgarle.
La cruz contiene una enorme fuerza transformadora.
Es amar sin necesitar vencerlo todo en este mundo, porque sabemos que la palabra todo está reservada para la gloria del cielo.
Quizá sea también una de las formas más altas de libertad: no permitir que el mal que recibimos decida quiénes vamos a ser ni nos obligue a juzgar para siempre a quien nos lo ha causado.
Quien acepta su propia cruz y carga con una parte de la del otro, sin reproducir su violencia, comienza a transformar el mundo desde dentro.
Un ejemplo sencillo
En una reunión expongo un tema y mi visión resulta más acertada que la de otra persona. Sin querer, puede sentirse cuestionada o incluso humillada.
Más tarde, durante la comida, me corrige delante de los demás o me lanza una pequeña humillación.
Puedo defenderme, devolverle el golpe y demostrar que tengo razón. Probablemente ganaría esa batalla.
Pero también puedo entender que quizá su reacción nace de la herida que ha sentido antes.
Puedo no entrar en el juego, no porque no me haya dado cuenta, sino porque he decidido no devolverle aquello que me ha entregado.
Mi relación con esa persona no cambia. No necesito hacerla sentir peor para reparar mi propia incomodidad.
En cierto modo, he absorbido una pequeña parte de su dolor. He llevado su cruz.
Y quizá, sin decir una sola palabra, le he ofrecido algo que todos necesitamos alguna vez: la posibilidad de equivocarnos, de herir incluso, y no ser expulsados por ello del vínculo.
La reunión termina bien. La persona está tranquila conmigo. Y quizá ni siquiera sea consciente de lo que ha ocurrido.
Pero algo ha cambiado.
Porque la cruz, cuando se lleva desde el amor, puede interrumpir la cadena del daño.
Y quizá esa sea parte de la pedagogía de Dios: conducirnos, a través de nuestros límites y de nuestra propia condición, hacia una nueva naturaleza capaz de mirar al prójimo como otro yo.
Otro ejemplo más complejo
África llevó durante siglos la cruz de Europa cuando fue invadida, esclavizada, colonizada y saqueada.
Si África llevó entonces parte de la cruz de Europa, ¿estamos hoy dispuestos a llevar nosotros una parte de la cruz de África?


