Siempre he tenido muy presentes los eclipses desde que Einstein necesitó utilizarlos para demostrar la teoría general de la relatividad, una idea que acabaría cambiando la historia de la ciencia.
Ayer, después de 121 años, pudimos ser testigos de uno.
Fue precioso, lento, como si la naturaleza supiera que nos conviene esperar; cuando se formó la corona de luz, me emocioné profundamente.
Qué belleza que exista un acontecimiento tan bello en el que no participó el ser humano.
No había publicidad, solo don, un espectáculo que superaba toda la mano humana.



