En psicoterapia aprendí que el superyó no debe actuar como un juez que condena, sino como un observador que ayuda a descubrir la verdad profunda de la persona.
Si todo acercamiento espiritual parte de que cada ser humano es sagrado, con mayor motivo no se trata de machacarnos ni despreciarnos, sino de comprendernos para, quizá, poder cambiar.
En estas páginas hemos planteado que somos materia, pero que la materia, por sí misma, no tiene vida. Si existe un Dios que es Espíritu, la imagen más respetuosa es pensar que nos insufla la vida sin confundirse con nosotros.
El alma sería aquello que nos anima y nos intenta impulsar hacia el absoluto.
Pero nuestra existencia, por ahora, transcurre en este mundo, y el ego es esa expresión innata de nuestro ser.
Si realmente existe en nosotros un alma que necesita el absoluto -una realidad sin límites-, resulta comprensible esa tendencia espontánea al engrandecimiento: la sensación de ser el sol alrededor del cual las demás personas giran.
Y si ese aliento procede de una conciencia absoluta, también se entiende nuestra inclinación a creer que tenemos toda la razón, que somos loas o los buenos y que podemos controlar cuanto sucede.
Sin embargo, la experiencia acaba desmontando esa ilusión. El ego que creía saber y controlar todo descubre que no era así.
Cuando la realidad nos desborda, el ego empieza a perder pie, y ahí es donde puede comenzar su transformación.
No porque desaparezca, sino porque empieza a ser real.
Cuando la vida se vuelve cuesta arriba aprendemos que existe una sabiduría mayor que nuestras propias convicciones.
Cuando el ego deja de sentirse omnipotente y renuncia a ocupar el lugar de Dios, comienza nuestra verdadera humanización.
Entonces ¡podemos ser débiles!, y nacen la tolerancia, la comprensión, la misericordia, la confianza, la fe y la aceptación ante nosotros, y por ende, ante los demás.
Qué maravilla poder reconocer que no tenemos siempre la razón, que no somos perfectos y que el prójimo es otro yo, con la misma dignidad, los mismos derechos y la misma naturaleza, sin sentirnos en peligro.
Podemos llamar ego a esa tendencia absolutista con que nacemos, y verdadero yo a esa parte que considera al prójimo como igual que también está dentro de nosotros.
Nadie es solo ego ni solo «verdadero yo».
La tradición cristiana añade, además, que quien nos une entre nosotros y con Dios no es el alma, sino el Espíritu Santo.
Alguien que ya no es un simple soplo, sino que comparte la naturaleza misma de Dios.
Si fuimos creados con ego y necesitamos salvación, así sea.
Pero si fuimos diseñados así, nadie debería deducir que merecemos una condena eterna.
Vamos a pulir nuestro querido ego, sin desprecio.
Vamos aprender.
Como alguien dijo una vez: «La vida es la crucifixión del ego y la resurrección del yo».


