El ser humano es el invento más ambicioso, difícil y bello que ha creado Dios, a las pruebas me remito.
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La materia es creada por Dios, pero por sí sola no tiene vida; como el barro, necesita un soplo que la anime.
Ese soplo lo da el espíritu.
Pero hay un problema: el espíritu, que tiene naturaleza absoluta, da la vida a una persona limitada.
Eso hace que nos de vida, pero nos impulsa de una manera cerrada.
Por eso el alma anima el cuerpo material solo unos años.
Y nuestra conciencia -limitada pero animada por una fuerza absoluta-, es errática: tenemos la necesidad a querer tener siempre razón, a controlar nuestra historia, a salvarnos por nuestras propias fuerzas, o incluso pretender salvar a los demás.
Al alma, que a veces no puede animarnos, cómo va a salvar a los demás.
Si queremos ser verdaderamente humanos, hemos de dejar que ese ego deje paso a un yo abierto, igual que los demás.
O todos soles o todos planetas.
Abrimos al Espíritu solo es posible por Jesús.
Solo necesitamos reconocer que somo el invento más complicado, y que Dios necesitó estos pasos para compartir su gloria.
No nos machaquemos por tener nuestra naturaleza, que no la hemos elegido.
Si permitimos en libertad al Espíritu ya es otra cosa, es abierto.
Decía Sebastián Fuster que, hasta que los discípulos no recibieron el Espíritu Santo, no comprendían nada.
Porque el Espíritu ya no anima a un solo individuo, sino que habita en todos. Qué bonito.
Ya no somos competidores, o potenciales enemigos, podemos aprender, la razón ya no la posee nadie.
Qué relax. Qué libertad.
El alma animaba en lo que podía a un solo ser; el espíritu noas aima a todas a todos.
El Espíritu respeta y une.


