Una de sus características es lo mal que lleva el ego que no seamos perfectos.
Porque claro, el ego es muy exigente en este empeño.
Mira que lo intenta haciéndonos creer los buenos, aprovechando los defectos de los demás.
Cuando parece que lo consigue sentimos euforia, pero al final la realidad se impone.
Pero hay un método que nunca falla. Y es una de las ideas fascinantes que no pasan de moda, que manifestó Jesucristo, tan profunda que ningún humano pudo escribirlo.
«No juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados, porque con la misma medida que uséis se os medirá».
Esta verdad el ego no puede soportarla.
Si se midiera a los demás como lo hiciera consigo mismo, perdería la forma de subsistir, nuestro ego se difuminaría.
Porque esta sabiduría es la igualdad en dignidad, y es una maravilla.
Nos libera condenar o ser condenados en nuestra esencia, ¡vaya peso que nos quita!.
Nos abre a una mirada apreciativa incondicional a las personas que nos llevará a justificar en el fondo a todo ser humano.
Nuestra dichosa manía de condenar, tan arraigada, puede mejorar, pero nunca se apaga por completo en este mundo.
Sobre todo si estamos en ventaja.
Por si todavía albergamos alguna duda, Jesús nos la despeja con la parábola del fariseo y el publicano. El que elevaba su oración comparándose con los demás y viendo solo los defectos ajenos no salió justificado.
En cambio, aquel que, con humildad, reconocía su propia fragilidad y suplicaba: «Señor, ten piedad de mí, que soy pecador», regresó fortalecido y reconciliado.
Porque quien fija su mirada en las faltas del prójimo endurece el corazón, pero quien contempla con sinceridad su propia debilidad encuentra el camino de la misericordia y de la verdadera transformación.


