Cuando comencé mi proceso de psicoterapia, el primer día le conté a mi terapeuta algunos hechos de mi vida de los que no me sentía precisamente orgulloso.
Para mi agradable sorpresa, su respuesta fue una reflexión que me ayudó a comprender por qué me habían ocurrido tales cosas.
No me juzgó ni me condenó (para eso ya estaba yo).
Aquella comprensión consiguió que tuviera una mirada más amorosa hacia mí mismo.
Recuerdo que pensé: «Qué maravilla, puedo contarle lo que sea, no me va a juzgar».
Con el tiempo, he llegado a la conclusión de que si hablo de espiritualidad, tengo que hacer como mi terapeuta, no reñir -ni a mí mismo y menos a los demás-.
Lo primero es renunciar a la idea de estar por encima de nadie, porque creer solo puede aumentar la humildad -que es la verdad-, no ninguna ventaja.
Desde ahí puede surgir el encuentro, o quizá no.
Pero, al menos en mi experiencia, la actitud de superioridad nunca ha tocado mi alma. Porque simplemente, no es verdad.
Lo único que se puede es compartir la experiencia. Nada más.
Porque esa mirada al primero que le conviene es a mí.


