
La anticipación y el placer no son lo mismo. La anticipación es la sensación de que algo valioso está a punto de ocurrir.
El placer es la experiencia de disfrute cuando la recompensa al esfuerzo finalmente llega.
Lo sorprendente es que muchas veces la anticipación se siente más intensa que el propio placer, pues activa las mejores fantasías.
El cerebro invierte mucha energía imaginando lo que obtendrá, pero una vez conseguido, la experiencia suele ser más tranquila de lo que prometía la fantasía.
La recompensa calma momentáneamente el deseo, y la anticipación lo alimenta; ninguna recompensa real puede competir del todo con una posibilidad imaginada.
¿Por qué miramos el teléfono tantas veces al día?
La explicación intuitiva es que nos produce placer, sin embargo los que nos atrapa es la novedad y la posibilidad de que una notificación aparece en la pantalla sea importante.
La mayoría de las veces no ocurre nada extraordinario, pero el cerebro responde igualmente porque lo que activa la dopamina es, en gran medida, la incertidumbre de recompensa y la novedad.
Que ocurra algo que nos saque de nosotros mismos.
Por eso las redes sociales resultan tan absorbentes: convierten la expectativa en un ciclo eterno.
La amígdala guarda memoria de la importancia emocional cuando algo nos recompensa intensamente, y puede reactivar el deseo incluso antes de que aparezca la recompensa.
Pero la felicidad es algo que no se reduce a la materia, que es dual: el placer viene asociado al dolor.
Así, en muchas adicciones ocurre algo paradójico: al principio predomina la búsqueda de placer, pero con el tiempo el cerebro se adapta y reduce los receptores de dopmanina y su sensibilidad a la recompensa, se obtiene menos placer que antes, pero experimenta más malestar cuando no consume o no realiza la conducta.
En otras palabras, la motivación deja de ser tanto «quiero sentirme mejor» y pasa a ser «no quiero sentirme peor, no puedo aguantar el dolor, el vacío, la incomodidad».
La trampa de la anticipación
Este mecanismo tiene una consecuencia importante.
A menudo creemos que perseguimos algo porque nos hará felices cuando lo consigamos.
Pero el cerebro funciona de otra manera.
Está diseñado para mantenernos en movimiento.
Cuando alcanzamos una meta, la satisfacción suele durar menos de lo imaginado. Poco después, la mente empieza a buscar un nuevo objetivo.
Desde una perspectiva evolutiva tiene sentido. Un organismo completamente satisfecho dejaría de explorar, aprender y adaptarse.
Por eso el deseo suele sentirse más intenso que la posesión.
Sin embargo, las cosas más valiosas de la vida son sorprendentemente silenciosas: una relación estable, una amistad profunda, la sensación de pertenecer a un lugar, la serenidad que aparece después del esfuerzo.
Lo que realmente estamos buscando ya no sobrevenir a una carecía personal, sino una que tenemos todos por nuestra condición humana, por eso el cerebro intenta legítimamente comseguirlo.
La dopamina explica bastante bien por qué perseguimos algo.
Pero no explica completamente qué significado le damos a aquello que perseguimos.
Ahí entran nuestras creencias, nuestra identidad, nuestras heridas y nuestros ideales.
Porque cuando imaginamos una recompensa, rara vez imaginamos solamente el objeto.
También imaginamos una transformación personal.
No deseamos únicamente una pareja, sino sentirnos amados.
No deseamos únicamente el éxito, sino sentirnos valiosos.
No deseamos únicamente reconocimiento, sino sentir que somos suficientes.
El cerebro anticipa algo más que una experiencia externa.
Anticipa una versión mejorada de nosotros mismos.
Por eso ciertos deseos parecen tan poderoso, es esperando que ocurra algo para convertirnos en alguien.
«Quizá esto sea lo que finalmente elimine la sensación de falta.»
Sin embargo, la experiencia suele enseñar que ninguna persona, logro, posesión o reconocimiento resuelve por completo la condición humana.
Ningún objeto puede cargar con una tarea tan grande.
Lo que sí puede ocurrir es algo más modesto y, paradójicamente, más liberador: aprender a vivir bien sin exigir que desaparezca toda incompletitud.
Cuando dejamos de cargar nuestros deseos con esa misión imposible, solemos disfrutar mucho más de aquello que llega.
Porque entonces ya no esperamos que nos complete.
Simplemente podemos apreciarlo por lo que es.
La dopamina seguirá impulsándonos hacia el próximo horizonte.
La sabiduría quizá consista en recordar que la vida no sucede únicamente en la persecución de lo que falta, sino que obtengamos dopamina -y oxitocina- en la capacidad de valorar y disfrutar más aquello que ya está presente.


