Supongamos una fábula.
Un padre pasea por la frondosa ladera de un río, y mientras camina, observa que la corriente desemboca en una gigantesca catarata.
De pronto, ve a su hijo a la deriva sobre un tronco que podría correr un peligro mortal. El niño, aterrado, ve al padre y le suplica ayuda.
Afortunadamente, el padre tiene a su alcance una larga rama con la que puede acercarlo hasta la orilla.
¿Qué hará el padre?
¿Se detendrá a preguntarse si el niño ha cumplido con los ritos de la familia? ¿Si se ha portado bien y merece ser auxiliado?
¡Para nada!.
Extenderá la rama sin dudarlo.
Eso es salvar: rescatar a quien está en peligro.
Y si el niño hubiera estado distanciado de su padre por su comportamiento, probablemente sentiría aún más gozo al verse rescatado, a pesar de sus errores.
Si Dios existe y su amor es perfecto, al final encontrará el modo de salvar a todas y a todos.
Con su sabiduría. Incluso a aquellos que parezcan más alejados.
Hasta al demonio, si existe.


