Salvar significa rescatar a alguien de un peligro.
Una vez escuché una pregunta: «¿Dios salvará a quien ha muerto sin ser bautizado?». Y una persona religiosa respondió que había dudas al respecto.
Llevemos el caso a una situación real. Un hijo es arrastrado por la corriente de un río hacia una catarata y su madre o su padre pueden rescatarlo.
¿Le preguntarán antes si ha realizado determinada ceremonia para considerarle digno de salvarse»?
Sin comentarios.
También podría decir alguien: «Ese hijo ha actuado mal, ha cometido errores y, por tanto, no merece ser ayudado, sino abandonado a su suerte».
Pero el amor parece apuntar en la dirección contraria.
Hay, sin embargo, un aspecto necesario de toda salvación: la libertad de quien es salvado.
Si el hijo rechaza la ayuda, se aparta de la rama que le ofrecen o se resiste constantemente al rescate, la salvación no puede imponerse por la fuerza.
La colaboración del rescatado es necesaria de algún modo.
Pero también es necesaria la capacidad de quien salva. De poco serviría que el hijo quisiera ser rescatado si el padre o la madre carecieran de los medios para hacerlo.
Por eso, toda salvación requiere la libertad y la voluntad de quien la da y la recibe y la competencia de quien la ofrece.
Si Dios existe, por su parte quiere y puede.


