Una crisis de angustia es la activación súbita del sistema de alarma del ser humano en ausencia de un peligro externo.
El cuerpo no distingue siempre entre un peligro externo o interno. Por eso, si se desencadena dentro, la persona experimenta la sensación de que algo grave está a punto de suceder, aunque no exista una amenaza concreta.
Los síntomas físicos son involuntarios, no pueden provocarse ni detenerse.
Si a alguien se le dijera “tiembla”, “acelera tu pulso” o “haz que tu corazón lata con fuerza”, no podría hacerlo de manera consciente.
En muchas ocasiones, sobre todo al comienzo, la persona interpreta esos signos corporales como si fueran en sí mismos peligrosos. La taquicardia se confunde con un infarto, el mareo con un desmayo inminente, la opresión torácica con la asfixia. De este modo se cierra un círculo en el que el miedo a los síntomas incrementa los síntomas y estos, a su vez, intensifican el miedo.
Ahí reside uno de los puntos fundamentales del tratamiento: desactivar la interpretación catastrófica.
La taquicardia, en sí misma, no daña el corazón; es un ejercicio fisiológico que el organismo tolera bien, el corazón es un músculo.
El desmayo suele asociarse a una bajada de la tensión arterial, no a su elevación.
Y la respiración no puede detenerse aunque exista una intensa sensación de opresión en el pecho, el diencéfalo es tan potente, que hay gente respirando con muerte cerebral veinte años.
La respiración pausada, técnica de relajación y, cuando es necesario, la presencia tranquilizadora de otra persona o el uso prudente de fármacos ansiolíticos o serotoninérgicos pueden ayudar a interrumpir y a reptirse de las crisis. Las crisis pueden repetirse y, con el tiempo, inducir conductas de evitación.
La persona comienza a restringir sus movimientos, a alejarse menos o a refugiarse exclusivamente en lugares que percibe como seguros, a veces su propio hogar.
Afortunadamente, el cerebro mediante la experiencia repetida de que no existe un daño físico real, deja progresivamente de creer en esa falsa alarma y reduce su respuesta de peligro.
Si estas dos cosas no se solventan se necesita tambine un abordaje psicológico cognitivo-conductual.
Pero la cuestión más profunda no es únicamente cómo bloquear los síntomas, sino ¿qué peligro ha detectado el cuerpo?.
La crisis de angustia aparece cuando los cimientos de la personalidad se tambalean y salta una alarma.
Sin embargo, el aspecto más importante sigue siendo la psicoterapia y el desarrollo de la conciencia.
¿Por qué me pasa?
¿Qué parte de mi personalidad y de mi vida necesita ser comprendida?
La personalidad se asemeja a los cimientos de una casa. Para construirse de forma sólida necesita cariño, dedicación y firmeza con proporción. Ni un exceso de dureza, ni una blandura desestructurante, ni el abandono.
Como en una buena mezcla, no debe haber ni demasiada cal ni demasiada arena, sino la cantidad justa.
Aunque exista un componente genético -que también puede expresar el sufrimiento vivido por nuestros antepasados-, en la mayoría de los casos la crisis señala que algo significativo está ocurriendo en la vida psíquica de la persona.
La angustia es una señal de alarma, pero también un mensaje.
Invita a revisar la propia historia y a tratar con mayor cuidado aquellas partes de uno mismo que han estado en mi sombra.
Por eso, toda crisis de angustia encierra una doble dimensión.
Es, sin duda, una experiencia de peligro.
Pero sobre todo, es una extraordinaria oportunidad para comprenderse mejor y salir fortalecido.
El abordaje ideal integra la psicoterapia, las técnicas cognitivo-conductuales cuando existen pensamientos distorsionados o conductas de evitación, y los fármacos solo cuando resultan imprescindibles, empleando siempre la dosis mínima eficaz durante el menor tiempo posible.
En último término, cuando el cuerpo activa una alarma, lo más importante es escucharla y atenderla de manera integral, respetuosa y profundamente humana.


