Un ejemplo.
Una persona A, profundamente generosa, inicia una relación con otra persona B, cuyo carácter es distinto, con más necesidad por sacar partido de la vida.
Con el paso del tiempo, A comienza a percibir que no es verdaderamente valorada y sin embargo, sostiene el vínculo con paciencia y esperanza, hasta que finalmente B le es infiel.
Tras la ruptura, la situación se vuelve aún más dolorosa. En la custodia de la hija o del hijo que tienen en común, B dificulta constantemente los acuerdos.
A acude entonces a consulta con la moral afectada. Relata que B ha formado una nueva pareja. Juntos viajan con frecuencia, han tenido otra hija o hijo, y B parece mostrarse de manera más generosa y considerada con esa nueva familia que con la criatura que comparte con A.
La pregunta surge inevitablemente: ¿qué ocurrió?
Desde esta perspectiva, la explicación no reside únicamente en la historia personal o en las circunstancias externas, sino en una diferencia profunda en el nivel de compatibilidad.
A y B no estaban equilibrados, porque por diversas circunstancias, la diferencia entre ambos terminaba sacando a B sus aspectos más egoístas y destructivos hacia A.
No porque B fuera necesariamente una mala persona en términos absolutos, sino porque, en esa relación concreta, no podía responder a la altura del don recibido.
Con su nueva pareja, en cambio, puede existir una mayor semejanza en ese nivel interno, y ya no digamos si B es la persona que más puede aportar. Al encontrarse en un vínculo más simétrico, B es capaz de desplegar facetas más generosas y cuidadosas.
Esta es una experiencia que las personas viven con frecuencia y que suele resultar difícil de comprender.
Descubren, con dolor, que no siempre basta con dar más amor para sostener una reciprocidad que es imposible.
Y comprenden, finalmente, que mucho de lo que somos constituye un don, y los celos más grandes no son con la sabiduría, la belleza o la riqueza, sino con la plenitud que puede dar generosidad, negación de sí mismo y bondad, cuando nosotros no nos sentimos a esa altura. Es insoportable.
Y si no es parejo, no solo no se puede reconocer, acoger y corresponder, sino que genera sombra, no luz.
Por eso la palabra pareja significa dos cosas: una es «dos», y por otra parte ser «perecidos» en lo esencial.


