Permitidme un cuento.
Una caravana atravesaba el bosque en la selva para entregar un paquete de gran importancia en un poblado. Cuando ya se encontraban cerca de su destino, uno de los expedicionarios fue mordido en la pierna por una serpiente venenosa. En pocos minutos comenzó a debilitarse y apenas podía mantenerse consciente. La única posibilidad de salvarle era trasladarlo a un hospital de campaña para administrarle el antídoto.
Como el lugar de entrega estaba muy próximo, y el paquete era importantísimo, uno de los miembros del grupo propuso desviarse un momentito para cumplir con el encargo, aunque ello supusiera llegar un poco más tarde al hospital.
El responsable de la expedición ordenó al conductor tomar el camino más rápido al hospital, y mirando al enfermo y luego al resto de ocupantes les espetó: “quien no esté con él, está contra él”.
En aquella circunstancia, la frase fue justa.
Este cuento absurdo es para darnos cuenta que en una situación límite se ve claro, pero en condiciones normales, tendría que ser así.
Cuando lo que está en juego la integridad, la dignidad o la libertad de conciencia, estar con alguien es como estar al lado de la vida misma.
Es un absoluto, y todo lo demás debe quedar subordinado a su protección.
Todo lo demás es todo: intereses geopolíticos o económicos, creencias religiosas, ideologías, nacionalismos…
¿Ocurre así?
Por eso, la expresión “conmigo o contra mí” solo tiene un sentido cuando se refiere a esos bienes fundamentales: dignidad, libertad, conciencia, vida, salud.
Utilizar esta expresión para exigir sumisión o acallar la discrepancia en otras circunstancias siempre esconderá algo, y es un valioso test, por cierto, para diagnosticar el intento de manipulación y el endiosamiento de alguien.
«Conmigo o contra mí», es la frase aparentemente de polarización más extrema, excepto cuando defiende la dignidad de la persona, lo único que elimina la polarización y nos une como especie.


