La dureza no es una forma superior de inteligencia emocional, sino más bien su fracaso.
No nace de la lucidez, sino del desconocimiento.
De ignorar que toda persona estamos hechas, al mismo tiempo, de una parte que puede cambiar y de otra que necesita ser aceptada como es.
Si ambas tareas exigen fuerza, tolerarse exige aún más fuerza, porque persiste lo indeseable, y va en contra del perfeccionismo.
Todo error humano suele ser una vía equivocada para conquistar solos nuestra vocación de absoluto.
La dureza desconoce esto.
Parte de dos realidades, que se aplica:
1 Siento que no soy perfecto, y creo de debía serlo ya, sin proceso, y como no lo consigo soy duro conmigo mismo. Sue suele aplicar en un defecto que tengo claro que tengo.
2 Siento que soy perfecto, porque mi imperfección la proyecto en los demás. Creo que el prójimo debería ser perfecto como yo, y no hay excusa para sus defectos.
Esto suele ocurrir cuando alguien tiene un defecto que yo no tengo, y mi superyó se aprovecha para venirse arriba a costa ajena y salvarse. Pero ya se sabe lo de la paja en el ojo ajeno…
Por eso la dureza hiere por ceguera, no por maldad. Quien es duro suele creer que empuja, cuando en realidad aplasta.
La persona dura no es realista.
Hay una historia en la tradición bíblica que lo manifiesta magistralmente. Pablo de Tarso, llamado primero Saulo, fue un judío fariseo culto, formado en la ley y profundamente celoso de la tradición de Israel. Precisamente por ese celo persiguió y arrestó a los primeros cristianos, a quienes veía como una amenaza para la pureza de la fe y para el orden religioso.
Su conversión, camino de Damasco, es una de las escenas decisivas del cristianismo. Iba precisamente a detener cristianos cuando una luz lo derribó y oyó una voz: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”. Y al preguntar quién hablaba, recibió la respuesta que lo desarmó por completo: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues”.
Ahí se quiebra su certeza. Comprende que perseguir al otro, y más aún al más pequeño, era herir precisamente aquello que decía defender. Lo sagrado no estaba del lado de la ley endurecida, sino del lado de la persona herida.
Cuando recobra la vista, no solo ve de nuevo, sino también de otro modo. A Saulo se le cae el velo de la rigidez. Y precisamente por haber conocido el error de la dureza, se convierte en el testigo decisivo de la gracia y es la figura necesaria para expandir el cristianismo.
Ese velo existe en toda rigidez humana.
La dureza es también miedo a que los defectos de los demás afloren, pues creemos que los nuestros están curados, como le pasaba a Saulo.
Es una forma de autoprotección que aprende a disfrazarse de fuerza, la de curarnos a nosotros mismos.
Por eso la dureza no es un tejido mental sano que pueda crecer ni evolucionar, porque no puede cuestionarse a sí mismo, y por tanto aprender: es rígido, diseñado solo para resistir, para no ceder, para no moverse, para no revisar nada.
Toda rigidez es una herida. Cubre algo que no pudo elaborarse, por eso la persona dura se protege en el fondo a sí misma, porque es la rigidez lo que le va funcionando mientras pueda.
Mi padre, médico vocacional donde los haya -había sido internista y también forense- hablando de este tema me dijo: «la rigidez es la primera manifestación de un cuerpo al morir: el rigor mortis«.
No me lo pudo dejar más claro.
La vida, en cambio, necesita de la flexibilidad que aporta la inteligencia.


