En mi historia como ser humano, he ido entendiendo algo que me ha sido muy difícil de ver.
Lo explico con un ejemplo. La orientación no es mi fuerte. No sé si tengo una agenesia de esa zona cerebral, pero lo cierto es que a mi alrededor hago sentir a los demás que se orientan muy bien. Cuando el GPS no ayuda -o eso creo yo- me frustro, me maldigo y acabo enfadándome conmigo mismo.
En esos momentos, si alguien me riñera o me exigiera que lo hubiera hecho mejor, lo viviría casi como una agresión. Porque, por más que lo intento, no puedo hacerlo mejor en ese momento.
Esa experiencia, tan concreta, me sirve para entender algo más profundo.
Cuando tomé decisiones en el pasado -sobre mi vida, y más aún cuando afectan a un hijo o una hija- lo hice con lo que sabía entonces, con los recursos y la conciencia que tenía en ese momento. Con el tiempo, a veces descubro que habría habido caminos mejores. Y eso duele. Duele de verdad.
Si en ese punto alguien vuelve a exigir o a reprochar («tú lo que tendrías que haber hecho…»), toca un lugar muy cercano a la culpa.
Y no ayuda: lo que hace es herir más.
Porque hay una limitación real, como en mi sentido de la orientación: el ser humano necesitamos experiencia para comprender. Necesitamos vivir para saber.
Por eso, la frase “tenías que haberlo sabido” resulta tan injusta.
Recuerdo que mi hermano Ramón, en una ocasión, me dijo: “Bueno, al menos ahora lo sabes. Eso es lo importante”. Y con esa simple frase me quitó un peso enorme de encima.
Este es un asunto delicado. En la vida -y especialmente en lo que concierne a las hijas e hijos– no podemos saberlo todo, ni antes ni ahora.
No es una herida cualquiera: es la herida del ser humano, pero también se cura cuando aceptamos nuestra condición.
Con el tiempo he ido entendiendo mejor la vieja imagen del fruto del “árbol de la ciencia del bien y del mal”. El ser humano necesita probar, digerir -es decir, vivir- para aprender qué le daña, qué le duele y qué, finalmente, le nutre y le hace crecer.
Por eso, aceptar que esta es nuestra condición humana implica también aceptar algo radical: que nadie puede juzgarnos por no haber sabido antes lo que solo
la experiencia podía enseñar. No estaba en nosotros saberlo de antemano. Y, del mismo modo, tampoco nos corresponde juzgar a los demás por sus propios límites, por sus errores, por aquello que solo pudieron comprender después en el mejor de los casos.
Esa idea tiene algo profundamente liberador, que baja a la realidad a ciertas estructuras muy arraigadas como el ego, que cree poseer en exclusiva la verdad; y ese viejo superyó, severo y castigador, que siempre encuentra un motivo para acusar.
Aceptar nuestra condición no nos absuelve de responsabilidad, pero sí nos aparta de una crueldad que se deriva de pretender ser más de lo que somos.
Es el punto más delicado, porque esta debilidad es universal, nadie se escapa de ella.
Cuándo aparezca, recordar, como si fuera una herida: no presionar, liberar presión; así esa herida se podrá cerrar y la persona se reconciliará con su condición humana.


