Si sigo a alguien con especial cariño, es a Carlos Roca.
Lógicamente, me gusta a quiénes entrevista, lo que logra despertar con sus preguntas.
Pero hay algo que va más allá de todo eso: me inspira confianza su manera de estar.
Me identifico mucho con él; habla despacio, con claridad, con afecto, mirando a los ojos.
La luz de su mirada es especial porque siempre espera aprender de los demás. Sus pupilas se iluminan cuando descubre algo nuevo.
Una vez me preguntaron qué valor consideraba más preciado, si el respeto o la ternura. No supe qué responder, porque me parecieron dos caras de la misma moneda.
Y estas dos virtudes son exactamente las que Carlos me inspira.
Por eso escucha con toda consideración, y cuando expone él sus ideas, se siente libre porque no lo hace con prepotencia.
Y cuando habla con su hermano David, que tiene síndrome de Down, la ternura alcanza una expresión sublime. Se adivina que hacer feliz a su hermano y conectar con su sencillez es un don mutuo.


