Este es un cuento tan absurdo, que espero que no se parezca mucho a la realidad.
Érase una vez una persona paseaba muy agobiada por una cera del barrio, cuando se encontró a un conocido y no pudo evitar hacerle una confesión:
-¡Ha entrado un ladrón en mi casa por la fuerza! -le contó-. Lleva instalado ya un mes.
El conocido, lejos de sobresaltarse, le respondió con una extraña reflexión:
-Ya… pero me ha dicho que te ha ordenado el piso y te ha comprado un sillón nuevo.
La persona afectada no daba crédito a lo que oía.
-Además, en tu patio -prosiguió el conocido- el que llamas ladrón ha excavado en tu jardín y ha encontrado un pozo de agua: ahora tiene más valor tu casa. ¡Así que no te quejes y dale las gracias! -concluyó-.
Reflexión: cuando el respeto humano desaparece, nada tiene sentido.
Este cuento viene a colación por algunas intervenciones del dirigente de EEUU en países bajo regímenes dictatoriales.
El cambio de dictadura a una democracia es una bendición para un pueblo; pero no un cambio humillante, donde solo cambien de dueño.
El pueblo es un sujeto, no un objeto.
Es importante que el objetivo sea un servicio, no una nueva servidumbre, y que el pueblo sea el único soberano que exista.


