Desde hace tiempo hay un gesto cotidiano que me hace sentir especialmente bien.
Ocurre cuando hago una compra y, al entregarme la bolsa, la persona que me atiende, en lugar de dirigirse con un «ahí lo tiene», me la ofrece con un: «ya lo tenemos».
Ese uso de la primera persona del plural transmite algo tan reconfortante como el gusto de servirnos mutuamente, la sensación de que quien te atiende también se complace en lo que te está dando.
Algo parecido me sucede en una clínica a la que acudo.
Allí, una profesional extraordinaria, Nieves, cuando tiene que indicarme algún movimiento, no dice «gírate a la izquierda», sino: «ahora, por favor, nos giramos a la izquierda»; «ahora nos ponemos más rectos y subimos un poquito la cabeza… así, muy bien».
Al hablar en plural, deja de ser una pura instrucción para convertirse en una acción de cuidado que se comparte.
Genera una sensación que hace que todo resulte más fácil.
Y, por supuesto, esas palabras llegan envueltas en un tono amable.
Ojalá ese mismo espíritu lo tuviéramos presente en toda atención humana y en cualquier servicio público, cuya calidad debe medirse por la fraternidad que produce.


