Quienes gobiernan un país tienen la responsabilidad de relacionarse con los demás estados de la mejor manera posible para su pueblo.
Aunque las democracias son el escenario ideal, existen también dictaduras con un sometimiento histórico del individuo a lo colectivo -como China– cuya elevada cohesión interna les ha permitido mantener relaciones exteriores cooperativas.
Desde hace décadas no se dedican a conflictos bélicos, sino han optado por la productividad interna.
No obstante, el sometimiento del individuo es ancestral. Tanto que aún se percibe en los rostros de muchas personas chinas que con tanto respeto residen en España -por cierto, ¡personas admirables!-.
En China existe una tradición histórica en la que el individuo ha estado subordinado al orden familiar y estatal. El confucianismo ya valoraba la contención emocional y la armonía del grupo por encima de la expresión individual.
A esto se suman las fuertes estructuras de control político.

Sin embargo, lo deseable es que toda persona no esté obligada a vivir en sociedades donde lo común y lo individual sean bienes excluyentes.
Sino que cada persona pueda desarrollarse libremente en un estado de derecho y que la regulación sea la justa para evitar abusos de nadie, proteger a los más vulnerables y garantizar el bien común.
En USA el paradigma es contrario al de China: la exaltación del yo, pero la pobreza de lo común: ponerse enfermo es una tragedia para la gente normal.
Recordemos que en el COVID la primacía de la libertad personal frente a cualquier deber colectivo, bloqueó las medidas de cuidado mutuo y las infecciones fueron muy superiores al resto de países.
Actualmente, la democracia de Estados Unidos atraviesa la etapa del esperpento del supremacismo llevado al imite.
Una enfermedad del poder que Europa ya padeció durante años, y de forma aún más grave.
Desde esa lógica hegemónica, el desarrollo ajeno se interpreta como una amenaza que debe ser neutralizada.
Además, el hegemonismo impositivo o agresivo tiende a ser rechazado cada vez más y muchos países optan por acercarse a China, percibida -al menos desde fuera- como un socio más respetuoso.
Al final, en política internacional, como en la vida, a quien se le quiere, se le busca; a quien se le teme, se le obedece solo mientras no se le pueda evitar. Después, se le deja.
Estados Unidos, como antes le ocurrió a Europa, tiene derecho a aprender que el valor del límite lo es todo. Tal vez más tarde, pero así lo marca su historia. Ojalá logre cambiar el rumbo desde dentro.
Porque la única «rivalidad» que tendría que haber entre países tendría que ser la deportiva.
Y la forma más alta de respeto, compartir el arte y la cultura.
Esas sí que son señales de una buena estrategia geopolítica.


