Quienes trabajamos acompañando el sufrimiento ajeno crecemos siempre en dos direcciones: la técnica y la humana.
Por una parte, está la formación clínica, con todo lo que implica el rigor profesional: diagnóstico, actualización constante, tratamiento adecuado.
Pero, al mismo tiempo, se desarrolla otra dimensión: la capacidad de comprender qué le ocurre a la persona que tenemos delante y cómo vive lo que le pasa.
Este segundo aprendizaje no se encuentra en los libros.
Nace del recorrido personal, del crecimiento emocional que los años imponen y que, si se acepta, nos regala humildad.
En mi caso, ese camino incluyó mi propia terapia.
Y cuando pensé que ese proceso había terminado, la vida continuó enseñándome con su propia forma de hacerlo.
La vida es, en el fondo, otra terapia.
Y ese aprendizaje ha sido el más valioso, porque me ha permitido ver en mí lo que luego pude reconocer en los demás y comprender un poco mejor sin juzgar.
No existe una motivación más profunda que formar parte de esa “red invisible” de humanidad, donde cada sufrimiento superado cobra sentido al convertirse en ayuda para los demás.


