APRENDIZAJE DE LA CONDUCTA A TRAVES DE LA HISTORIA
La naturaleza humana tiende a expandirse, a buscar siempre más allá de sus propios límites; así lo muestra la historia, con sus luces y sus sombras.
Quienes han intentado imponer esa expansión por la fuerza, ignorando la dignidad de la gente, han terminado por fracasar.
A costa de las vidas humanas.
Aún hoy existen pueblos que viven bajo la opresión, sin libertad, sostenidos por regímenes rígidos.
La prosperidad, en cambio, nace de la cooperación, del reconocimiento mutuo, y del respeto.
En un sistema que se consideran libres, como EEUU, que no ha tenido la experiencia de sus propios límites, paradójicamente es el que más tiene dificultades en el mundo actual, porque soj el paradigma del yo: el individualismo, el capitalismo.
Ni los dirigentes han podido aceptarlos ni el pueblo se lo ha puesto en las elecciones, movidos por la idea de más grandeza.
Junto a ellos, un pueblo como Israel que nació limitado, en guerra con el mundo.
Y el islamismo islámico chií, la antítesis de la libertad.
Ninguna forma de organización está a salvo de la falta de medida.
Hoy asistimos al despliegue de esta realidad.
LA CONDICION HUMANA
Ningún ser humano nos hemos dado la vida. La vida se recibe.
No puede una persona por sí sola procrear, se necesita el material genético de una madre y un padre biológicos.
Nacemos cuando nos separamos de la madre, no podemos estar más que unos 9 meses, hay un límite.
A partir de entonces la vida es una curva, con un ascenso, un descenso y un fin. Al principio y al final somos dependientes y predomina la fragilidad.
Los seres humanos tenemos la vida, pero necesitamos estar abiertos al oxigeno y nutrientes para mantenerla.
Desde recién nacidos, en nuestro interior subyacen los impulsos; por ejemplo, el hambre.
Cuando somos pequeños es el momento donde son más jóvenes y en consecuencia los impulsos vitales son más fuerte; pero la personalidad, el yo, es cuando es más débil, pues está aún sin formar.
Por eso cuando tenemos hambre lloramos como su nos fuéramos a morir («rápido, dónde está el biberón»).
Y después de comer, parece que entremos en coma: no nos pueden despertar.
¿Qué sería un desarrollo saludable?
1 Hacia fuera, cuando el yo desarrolla todas sus potencialidades, y se expande pero sabe dónde están los límites, sabe parar y sabe poner límites a los demás, con calma y a tiempo.
2 Hacia dentro cuando el yo domina sus impulsos, es estable afectivamente sin grandes altibajos y además, tiene margen pare tener paciencia con los defectos de los demás.
¿Existe esta persona? No, sería perfecta. Es un ideal
LADO PERSONAL
Hagamos otro tipo de viaje.
El yo no puede con todo.
No es una debilidad, es una condición humana.
Al principio de la vida, el yo depende profundamente de los demás.
Cuando aparecen experiencias dolorosas -emociones de rechazo, de miedo, de soledad, de culpa- no pueden ser comprendidas ni elaboradas, y quedan almacenadas en el inconsciente.
La parte consciente del yo, desde su función protectora, intenta entonces preservar la estabilidad y reprime ese material intolerable.
No lo elimina, simplemente lo mantiene fuera del campo de la conciencia.
Pero esta operación tiene un coste, porque mantener lo reprimido requiere un gasto constante de energía psíquica.
Y la vida nos vuelve a pegar en esas heridas; y el yo solo hace que negar y proyectar para no entrar en contacto con esos sentimientos dolorosos que, en el fondo, siguen activos.
Cuando el conflicto interno es intenso o se prolonga en el tiempo, ese esfuerzo termina afectando también al cuerpo.
El cuerpo empieza a expresar esa energía negativa de lo que no puede ser pensado. La somatización aparece sin remedio. El estrés crónico o la hipervigilancia pueden influir en el sistema inmune, en procesos inflamatorios y en la vulnerabilidad genética.
En el plano psicológico, este funcionamiento puede dar lugar a ansiedad, rigidez en la forma de ser, conductas adictivas agotamiento depresivo o, en situaciones más extremas, a una desorganización más profunda.
Por naturaleza, existe una tendencia lógica del yo a intentar vencer el sufrimiento por la fuerza y por sus propias fuerzas.
Esto implica negar los propios límites.
Por eso no podemos aceptar que no podemos solos mientras todavía podemos sostenernos: rechazamos la dependencia y nos aferramos a una idea de autosuficiencia, omnipotencia o de control total.
Por eso en esa etapa en lugar de reconocer la herida, el yo, en el afán de poder con todo, se endurece.
A corto plazo, esta estrategia puede funcionar, permite seguir adelante.
Pero a largo plazo genera desconexión: de uno mismo, de los demás y de la realidad. El conflicto no desaparece, se intensifica en silencio. Y el sufrimiento termina volviendo, muchas veces de forma más disruptiva, en forma de síntomas.
Ese momento de límite suele aparecer en situaciones actuales que ya no podemos sostener con los recursos que tenemos.
Cuando el sufrimiento consigue abrirse paso hacia la conciencia, aparece una bifurcación.
1 Por un lado, está la posibilidad de reconocer lo que ocurre. Aceptar el límite, tolerar la vulnerabilidad y si es necesario, buscar ayuda. No solo para entender lo que pasó, sino para poder procesarlo ahora, en condiciones diferentes.
Esto es clave: muchas veces necesitamos atravesar conflictos actuales con la ayuda de otras personas que sí puedan contener, comprender y no dañar.
Permitir esa ayuda implica confiar. Y cuando esa ayuda llega de una forma ajustada a lo que se necesitó en su momento, se genera un vínculo muy especial. No es solo apoyo: es una experiencia reparadora.
Este proceso implica renunciar, al menos en parte, a la idea de que el yo puede con todo. Pero abre algo nuevo: la posibilidad de que el otro no sea solo alguien en quien descargar el malestar, sino alguien que puede ayudar a sostenerlo.
A partir de ahí, la experiencia empieza a integrarse. Ya no es necesario gastar tanta energía en defenderse de lo interno. Las heridas pueden empezar a cicatrizar. Aumenta la conciencia, y también la capacidad de comprender a los demás, reconociendo que ellos también están atravesados por su propia historia.
2 Por otro lado, existe la otra vía: que las defensas se intensifiquen.
En ese caso, el conflicto se niega de forma más radical y la responsabilidad se coloca completamente fuera. Lo que resulta intolerable no se reconoce como propio, sino que se proyecta en los demás, que pasan a ser vividos como la causa del malestar.
LADO COLECTIVO
Este mismo funcionamiento puede observarse a nivel colectivo.
Los Estados, como construcciones humanas complejas, también desarrollan una especie de “yo” que intenta preservar una imagen de coherencia, legitimidad, autosuficiencia y fortaleza. Cuando se enfrentan a amenazas, crisis o traumas históricos, pueden recurrir a mecanismos similares a los del individuo.
Aparece entonces la negación de la propia vulnerabilidad y la externalización del conflicto. El mal se sitúa fuera: en el enemigo, en el extranjero, en lo diferente.
En contextos de guerra, estas dinámicas se intensifican. El “otro” se convierte en depositario de todo lo inaceptable. Esto no solo facilita la violencia como defensa, sino que puede llegar a justificarla como necesaria.
El problema es que esta lógica reduce la capacidad de autocrítica y de reconocimiento de límites. Y eso perpetúa el conflicto.
La desesperación, la agresividad o la falta de contención pueden entenderse como expresión de sistemas sometidos a una enorme presión interna, donde reconocer la debilidad se vive como una amenaza a la propia existencia.
Es importante mantener una mirada compleja. Los conflictos colectivos no son el resultado de un solo individuo, sino de múltiples dinámicas humanas: miedo, sometimiento, necesidad, pero también deseo de poder, superioridad o conquista.
Aquí también aparece una doble vía.
1 Cuando predominan sistemas rígidos, con poca capacidad de elaboración y más represivos, la negación y la proyección tienden a ser mayores. Esto facilita la escalada y la cronificación de la violencia.
2 En cambio, en contextos donde existe mayor capacidad de reconocer límites y de renunciar a la omnipotencia, estos mecanismos se flexibilizan. Hay más espacio para la contención, para la reflexión y, potencialmente, para la paz.

