COMO SERIA UN DIOS HUMANISTA
Vamos a inferir cómo podría ser un ser o instancia creadora, se llame como se llame:
Ser creador, supremo, fuente, origen, principio, esencia, causa primera, mente o inteligencia suprema, voluntad creadora, supraconciencia, conciencia universal, energía primordial, universo...
Utilizaremos el término Dios, por ser el más común en nuestro entorno y por permitirnos interpelar la imagen que se ha formado.
1. La gran premisa
Si es absolutamente humanista, Dios -si existe- ha de amar al máximo a todas y cada una de las personas, sin excepción.
2. ¿Cómo sería un Dios humanista?
Por Dios solemos entender un ser supremo, absoluto -es decir, existente por sí mismo-, sin límites, creador de todo cuanto existe y poseedor del máximo de atributos: omnipotente, omnipresente y omnisciente.
Esta imagen, por su grandeza, suele suscitar sumisión, distancia o temor.
Sin embargo, para ser verdaderamente humanista y amar al ser humano de manera plena, el atributo lógico es que Dios debe ser amor.
¿Cómo sería Dios si es el amor sin límite y en consecuencia profesara un “amor absoluto al ser humano”?.
Solo así resulta atractiva la idea de que exista, de conocerle, de estudiarle, de haber sido creados desde esa condición.
Si aceptamos que:
Dios ha de ser amor y es absoluto, entonces el amor de Dios no tiene límite.
Para comprender cómo sería un Dios así, es preciso comprender primero qué es el amor, llevándolo después a su máxima plenitud.
No es un ser sexuado ni tiene género, pero utilizaremos las concepciones que se han usado hasta ahora, y más adelante abordaremos estos aspectos libres de prejuicios.
3. ¿Qué es el amor?
Definir el amor no es sencillo, pero la experiencia humana nos muestra que cuando amamos de verdad, sentimos una conexión interior que nos lleva a identificarnos con la persona amada. a complacernos sinceramente en su bienestar y a sufrir con su malestar.
Desde la psicología humanista, Scott M. Peck, en Una nueva psicología del amor, ofrece una de las definiciones más profundas: el amor no es solo un sentimiento, sino la decisión y la voluntad de promover el crecimiento del ser amado.
A partir de aquí, podemos destacar cuatro grandes características del amor y llevadas al máximo, entender un posible amor absoluto.
1. El Amor sin límites
El amor ilimitado resulta extraordinariamente difícil para el ser humano. Nuestro amor suele ser frágil, condicionado por la cercanía. Amar al prójimo inmediato es posible; amar al lejano, al desconocido, se vuelve arduo: qué poco podemos dar a l@s niños de Africa.
Nuestra experiencia muestra que amar a todos, sin excepción, es prácticamente imposible. Incluso el amor a uno mismo presenta límites y contradicciones.
La dificultad aumenta aún más cuando se trata de amar a quien nos daña. Como señala Rogeli Armengol en Felicidad y dolor: una mirada ética, podemos mantener consideración hacia quien nos hiere, pero no un sentimiento de amor pleno, pues el amor propio conlleva una distancia emocional saludable.
Donde el amor humano más se aproxima a lo ilimitado es en la relación con l@s hij@s. Aquí podemos decir que el amor remeda lo absoluto, pues crear vida es lo que más se asemeja a la experiencia de lo divino.
El hijo o la hija no es solo prójimo: se siente como propio.
El instinto de protección lo evidencia con claridad: ante un peligro, una madre o un padre antepone instintivamente la vida de la hija o del hijo a la propia. El instinto de conservación del hijo supera al instinto de conservación personal. Es un amor que trasciende la propia vida.
Pero incluso este amor tiene límites: la hija y el hijo son responsabilidad (cuando son menores). Si solo hay un trozo de pan, se le dará al hijo o a la hija antes que a un extraño. Además, el ser humano necesita también amarse a sí mismo para poder amar: sin un mínimo de amor propio, no hay amor verdadero.
Solo en situaciones extremas -“o tú o yo”- el amor humano se vuelve un absoluto don. En ese punto, el ser humano se acerca más a amor total.
Por todo ello, si existe un Dios humanista, su amor debe ser verdaderamente ilimitado, y vemos qué difícil es.
2. La identificación
La identificación es una conexión profunda con la persona amada, que la siento como si fuera “yo”, sin que por ello se pierda su propia identidad.
Amar así no es confundirse con la otra persona, sino reconocerse en ella, establecer un vínculo de respeto profundo, donde su bienestar se vive como propio.
3. La diferencia
Esta es, quizá, la característica más compleja del amor. Amar no consiste en proyectarse en la persona amada, sino en verla con claridad.
Un ejemplo. Si yo no pude estudiar piano y me empecino en que mi hijo o a mi hija lo hagan para cumplir mi sueño, no le amo de forma auténtica: amo a un reflejo de mí, convirtiendo al prójimo a mi imagen y semejanza. Quizás mi criatura tenga un oído torpe pero una mano prodigiosa; amarle será, si le apetece, llevarle a la mejor academia que pueda de pintura.
El amor no impone capas, sino que esculpe ayudando al prójimo a descubrir qué atesora dentro, y poder alentar así sus propios dones y talentos.
Amar es respetar la diferencia.
Nadie es exactamente igual a otro o a otra excepto en sus derechos humanos y en su dignidad; las personas somos únicas: igualar en todo a dos personas sería negar su dignidad. Esta negación fue uno de los grandes errores de los regímenes totalitarios, que anulaban la diferencia mientras reservaban privilegios a las élites dirigentes.
Amar plenamente la diferencia implica respetar la autonomía moral del otro. A este respeto radical se le da uno de los nombres más bellos que poseemos: la libertad.
No hay amor máximo sin libertad. El amor no se impone: se ofrece.
4. El don
La cuarta característica del amor es el don: la entrega generosa, el servicio.
También la acogida del don ajeno.
Quien ama y posee algo que puede enriquecer al amado, siente la necesidad interior de darlo o de compartirlo.
Esto se manifiesta en lo cotidiano: compartir una alegría, un conocimiento, una oportunidad. Si conozco un bar nuevo extraordinario, enseguida pienso cuándo podré compartirlo con mis amistades en otra ocasión.
El buen maestro o maestra no es quien se afirma a sí mism@, sino quien hace crecer a sus alumnos, incluso hasta superarle.
La buena educación parental no genera dependencia, sino autonomía: protege al inicio y libera progresivamente, transmitiendo prudencia y fortaleza, pero dejando aprender (como me transmitió la psicóloga Lola Pasarín).
Llevado al máximo, el amor es servicio y entrega generosa.
Avanzamos
Si existe un Dios humanista, debe ser distinto al ser humano.
En consecuencia si nosotros somos materia, Dios debe ser espíritu.
¿Qué es ser espíritu?
Magistralmente lo señala Frank J. Sheed en Teología y sensatez.
Es espíritu no solo posee ni da la vida:
el espíritu es la vida.
Así, un Dios humanista ha de ser amor absoluto, espíritu y ser la vida en sí misma.
Este conocimiento no puede alcanzarse solo con la razón: vamos a intentar entender el amor desde la experiencia del corazón.
¿Cómo sería entonces el amor de un Dios humanista?
Un Dios así da lo máximo al ser humano.
Si tiene gloria y gozo, deseará compartir lo que es: su plenitud, su naturaleza y su libertad con los humanos.
Pero para amarnos al máximo nos crea radicalmente distintos, y nos crea materia.
Pero como la materia no es la vida, nos donará un impulso de su ser para que vivamos de manera eterna como es su naturaleza.
Y si le respeta nuestra libertad, por tanto tendremos posibilidad de errar.
Si el ser humano fallamos, Dios se entregará siempre, dando todo lo que es, y será capaz de salvarnos si es omnipotente, y restaurar la causa que nos llevó al error, sin juzgarnos ni condenarnos, sino al revés, dándonos lo que nos faltaba.
Si Dios es humanista, todos seremos distintos pero nadie acabará siendo superior a nadie, en un gozo compartido y en un respeto absoluto.
No permitirá, un Dios que quiera a todas y cada persona al máximo y por igual, que nadie acabe siendo mejor persona o de más categoría que nadie.

Premisas sobre un Dios humanista que sea amor
¿Podría ser el Dios bíblico, Jesucristo?
Veamos
Imaginemos, que Dios sea humanista, es decir, que sienta un amor absoluto por el ser humano.
Si Dios es amor, entonces no puede ser una posesión, se entrega. Y sin reservas.
Dios tiene un único límite: sólo puede ser amor. No puede odiar, envidiar, resentirse o poseer, porque eso sería negarse.
Si Dios es la gloria y la plenitud, ¡cómo no va a querer compartirlas!, y al ser omnipotente, podrá hacerlo como quiera, siempre que sea amor.
En consecuencia deseará crear todas las personas y criaturas posibles.
En el Éxodo se revela como Yahveh: “Yo soy el que soy”. Dios es. Es la vida misma.
Dios no puede anular su propia existencia -se acabaría todo-, pero sí puede «vaciarse», entregarlo todo, hasta lo más grande que tiene: su naturaleza divina.
El amor no soporta la soledad. No porque necesite compañía por carencia, sino porque amar es hacer existir a alguien que comparta su su gozo.
Así, Dios, siendo la vida se autolimita para que otros existan.
Y cuanto más da, más feliz es, porque al ser tan pleno puede crear seres que el final sean felices -aunque se necesitará un proceso-.
El secreto del amor es dar, en su caso, todo.
Y el culmen del amor, recordemos, no consistirá solo en crear algo idéntico a sí mismo, sino en crear lo más distinto posible y amarlo hasta elevarlo hacia su plenitud: el ser humano.
¿Es necesaria la Santísima Trinidad?
Si Dios es amor perfecto, gloria, bondad, perfección, gozo….
Necesita darlo absolutamente todo a alguien.
Así es el amor.
Si tiene la felicidad, no se la va a quedar: entonces se extinguiría.
Es como si alguien conociera la receta para evitar el dolor humano: sentiría tal alegría, que compartiría cuanto antes su secreto.
Además, es tal la felicidad, que Dios no quiere estar solo.
Segunda Persona
Dios necesitará engendrar otra persona y darle todo lo que es.
Es tal su generosidad, que necesita darse por completo.
Se puede dar todo sin perder nada, cuando es el mismo amor lo que se entrega.
¿Qué es lo que más representa un ser que es otra persona y a la vez de mi misma naturaleza?
Un hijo o una hija.
Crear significa hacer algo de la nada; engendrar, en cambio, significa dar origen a alguien de la misma naturaleza. Un carpintero crea una mesa, pero una madre o un padre engendran personas que comparten su misma naturaleza humana.
Qué gozo depositar en su segunda persona toda la capacidad de crear y de revelar cómo es.
Es un signo de la verdadera grandeza de amor: la humildad.
Si soy amor, al mismo tiempo que yo, comparto todo con una hija o un hijo.
Es necesario que la persona engendrada testifique que ha partido de su ser, que lo ha recibido de la primera, y así la humildad -que es la verdad- es recíproca.
La segunda persona es el signo de que la felicidad se comparte; es quien revela y comunica cómo es el interior del Padre, y en consecuencia es su Palabra, el Verbo, el Logos.
Igual que nuestras palabras son la manera de comunicar nuestro interior.
Es muy difícil un ejemplo humano. Imaginemos que una buena persona de un equipo ha descubierto el remedio de una grave enfermedad; puede transmitir ese conocimiento a solas, o puede hacer una conferencia con su equipo reconociendo cada logro de las personas que han trabajado, y abriendo la puerta a otras disciplinas que la inspiraron y pueden mejorar los resultados.
No hay color.
Alguien podría pensar: “pues qué persona más necia”. “Yo lo haría a solas, me llevaría el mérito; luego, ya tendría personas adeptas que me adularan”.
Ya. Pero Dios no es así. Primero porque si es perfecto, y es amor, no peligra su puesto; cuanto más dé más felices serán los demás. Si no engendrara a nadie, siempre el Padre quedaría como un ser superior, pero a solas y no sería don, es decir, no sería amor.
Y quien ama a una hija o un hijo que hacen un acto fantástico para la humanidad, tiene más felicidad que si lo hubiera hecho a solas.
Si Dios es gozo máximo, ¿cómo no lo va a compartir su felicidad total si es la única manera que se puede alcanzar? Y encima Dios puede hacer lo que quiera mientras sea amoroso.
Lo único que no podría dar es su persona –no puede desparecer-, como primero existen las madres y padre y luego las hijas y los hijos, y no sobra nadie.
Nosotros los humanos, cuando estamos muy felices y enamorados de nuestra pareja, le hacemos un regalo con una palabra de amor. La acción es tan como el otro don supremo que expresa nuestro interior, la entrega es uno de los atributos más específicamente humanos: la palabra.
No tendría valor regalar unas flores insultando, o decir “te hago este recado, que te quiero mucho” y nunca hacerlo.
Palabra y acción, en Dios, van unidos.
Su palabra crea.
Tercera Persona
Pero a la segunda persona le ocurre lo mismo.
Está tan unido a la primera, que también necesita otro ser para entregarlo todo en esta «locura» de amor, pues tampoco va a bastarle recibir, necesita compartirlo también.
“El espíritu del padre es tan increíble, que yo también necesito compartirlo, darlo; en realidad, no soy yo el que crea, es el Espíritu tan especial que tiene mi Padre.
«Ese Espíritu necesitamos darlo, compartirlo, pues es el único Amor de verdad«.
Los seres humanos comprobamos que en el amor no es sólo el que ama y la persona amada, sino también el amor mismo, el vínculo.
Si sólo existieran dos personas perfectamente unidas, podría pensarse en una especie de espejo eterno. El Espíritu evita que la comunión sea cerrada sobre sí misma, si no, el hijo no sería como el padre, un donador.
El sentido máximo es que ese Espíritu podrá entregarse y derramarse en el interior de las personas: la primero y segunda persona se entregan a sí mismas de otra manera, pero no pueden habitar dentro de nosotros. El Espíritu, su espíritu, sí.
Así, ese espíritu podrá compartirse en nosotros sin anularnos, en nuestra mente y en nuestro corazón.
Es la clave de todo.
Cómo conseguirlo costará un proceso, como vamos a ver.
Ese espíritu no sustituye nuestra personalidad, la potencia. Hace posible que el Amor sea una verdadera experiencia personal que nos transforme desde el interior.
¿En qué se notará? Porque hay comprensión total en vez de juicio, porque se aprende de la de verdad de cada persona, se comparte la sabidurí.
Si el Espíritu existe el «Ego», que rivaliza, quiere tener la razón y ser mejor que los demás. Sebastián Fuster explica que hasta que llegó el Espíritu los discípulos no entendían nada: les reveló los secretos del amor, les abrió en entendimiento que estaba cerrado en la razón, la polarización mundanal y el juicio condenatorio.
El Espíritu asimismo da tanta conciencia sobre nuestras propias carencias, que ya no podemos juzgarlas en los demás. Nos da humildad.
En Gal 5:22 se habla del “fruto del Espíritu”: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, dominio propio, consuelo en el dolor.
“Consolador” «Paráclito» o «Defensor» son algunos sinónimos con que los se ha llamado al Espíritu.
La palabra Paráclito viene del griego parakletos y significa literalmente alguien llamado para estar al lado.
Es la imagen de quien se sienta contigo cuando estás atravesando algo difícil. La expresión aparece en el Evangelio según San Juan cuando Jesús promete que no dejará solos a los suyos.
Consolador no es simplemente quien calma emociones, es quien fortalece el corazón cuando parece quebrarse, quien insufla ánimo y devuelve esperanza cuando más se necesita.
Defensor es precioso: cuando te juzguen o te condene el mundo, o lo hagas tú, no actuará como un fiscal, sino como abogado defensor que le tratará con amor, te justificará y te comprenderá. Te salvará del juicio.
LA CREACION
Si Dios es amor absoluto, no puede crear a medias. Crea todo lo posible. No se reserva nada.
Primero crea espíritus: los ángeles.
Los ángeles fueron creados por Dios como seres espirituales puros, es decir, no materiales, con inteligencia y voluntad.
Son criaturas libres creadas de la nada, como todo lo que no es Dios, participan de su gozo, y crean un familia, una compañía.
Inteligencias libres capaces de amar o de cerrarse, pues sin libertad no hay comunión auténtica.
Algunos permanecen abiertos; otros, al no poder poseer la plenitud divina, se repliegarán sobre sí mismos.
Y el Amor continúa creando.
Recordemos cuál es el cénit del amor: amar lo distinto.
Si Dios es espíritu, creará algo diferente a su naturaleza: la materia.
Surgen el tiempo, el espacio y el universo.
Pero como Él es la Vida, creará a las personas humanas con materia, pero las vivificará y animará con un soplo externo: el alma.
Más respetuoso no puede ser.
Dios no invade, no absorbe; insufla vida y deja espacio para la libertad.
Y si esa criatura distinta, por ser libre y diferente, cae, el Amor no se retractará ni lo abandonará, sino que tendrá preparado un camino para darle aquello que le faltaba y conducirla a un gozo que no tenga fin.
Con estas premisas, las escrituras pueden verse no como una historia de exigencias, sino como la aventura paciente de un amor que no sabe rendirse.
Y como Dios es lo máximo, nos hace a su imagen y semejanza, deseando todos sus atributos.
La libertad, es un condición sine qua non del amor.
Podremos confiar, pero también no hacerlo.
Para eso nos deja un árbol: árbol del conocimiento del límite del bien bien y del mal, que es una condición de grandeza.
Sin posibilidad de elección no habría dignidad. Pero la grandeza conlleva el riesgo a la separación.
Y al ser la vida, también nos da libertad de comer del fruto de la vida eterna, el árbol de la vida.
Así pues, no le ha bastado a Dios con engendrar dos personas más y dotarles de su misma naturaleza y poder divino.
Dios atesora tan generosidad y plenitud que necesita crear todo lo posible. Pero si al final el Padre triunfa y se sale con la suya, ¡habrá merecido la pena!. Vaya plenitud va a conseguir.
Sí, Dios es un ser ambicioso. Lo da todo y quiere esa plenitud total.
LA «CAIDA» Y EL «PECADO»
Dios sabía que la libertad implicaba lo que iba a ocurrir, era inevitable; pero si hubiera querido un universo sin posibilidad de ruptura, habría creado seres sin libertad.
Cuando algunos ángeles se rebelan, no es porque Dios haya creado el mal, sino porque una criatura libre puede cerrarse sobre sí misma al no alcanzar la totalidad.
El mal, en esta visión, no es una “cosa” creada, sino una privación, una negación del bien que debía estar allí; como la oscuridad no es algo positivo en sí mismo, sino ausencia de luz.
Incluso los ángeles caídos siguen existiendo porque Dios sostiene su ser.
La rebelión angélica sería inevitable en algunos al ser Dios tan grande, porque tienen algunos la capacidad de servir, sino de parecer superiores sirviéndose.
Si Dios sabía que algunos caerían, ¿por qué los creó?
Porque al ser omnipotente puede restaurarles dándose aún más.
Solo Dios puede sacar bien incluso de la rebelión.
En la redención, la libertad herida puede sanar.
El mal no tiene la última palabra, es solo un camino necesario para darse del todo Dios con respeto.
¿Por qué crea una madre o un padre a una hija o a un hijo si se van a equivocar y errar?
El ángel más grande y luminoso, y cercano al Padre, Lucifer, experimentó el vértigo de la grandeza y la tentación de apropiársela.
Los ángeles son espíritus pero no son Dios mismo, son creados; el más grande se acerca a ser «engendrado», como el hijo y el espíritu santo, pero no lo es.
Este ángel mayor, siendo espíritu, pero con una diferencia con Dios, tiene la tentación perfecta: al ser humano le ocurre lo mismo, parece cercano a Dios pero no lo es.
Quisiéramos en el fondo saberlo todo -como Dios lo sabe todo-, pero confiar sin probarlo es lo que no podemos soportar.
Si somos hechos a imagen de Dios, y él lo prueba todo, nosotros no podemos evitar la tensión si tenemos ocasión con el árbol del bien y del mal, que Dios nos ofrece.
Y solo falta que nos pongan la duda en el corazón.
Aunque un padre que te da tanta libertad, tiene que ser bueno, es una señal de seguridad, el hecho es que poder probarlo nos superó.
Satanás siembra la duda que él mismo tiene y sabe dónde tocar. El hombre y la mujer eligen probarlo todo. Caen.
Dios no los aniquila. Les pone límites (reserva el Arbol de la vida eterna para más adelante) y comienza una historia, donde el ser humano aprenderá en carne propia que necesita a Dios.
Qué curiosos fueron los efectos inmediatos que adquirimos: apareció una falta en nuestra conciencia, y como consecuencia, nos dimos cuenta de nuestra carencia, de que estábamos desnudos y sentimos el pudor de querer ocultarla.
La desnudez es exposición, es darme cuenta de que no soy completo ni autosuficiente, y eso genera una sensación nueva -la vulnerabilidad-, la posibilidad de no ser suficiente.
Cuando somos muy pequeños no sabemos qué significa estar desnudos o no, nuestra conciencia está por desarrollar; pero con el tiempo crecemos y vimos la experiencia del pudor por nuestra condición humana, no solo a nivel físico sino a todos los niveles.
Allí nació la culpa de querer ser lo que no somos: intentamos escondernos de nuestras limitaciones, nos genera una responsabilidad insoportable. Eso nos ocurre en nuestra vida, a no ser que nos traten si humillarnos por nuestros defectos.
Podemos ver la opinión pública, por ejemplo, cómo condena a las personas.
Surgió el miedo a Dios por la distancia y su desococimineto.
Cambió la relación entre hombre y mujer: aparecieron tensiones, lucha de poder, rivalidad y reproches mutuos.
Apareció el sufrimiento, el esfuerzo para vivir.
Entró la mortalidad y la vida dejó de ser eterna.
La expulsión del paraíso conlleva perder la protección absoluta, asumir nuestros límites y aceptar nuestra conciencia tan carente de experiencia.
Así pues, en el camino por esta vida el ser humano tendremos que aprender, es decir digerir en propia carne la consecuencia de nuestros hechos.
La vida es para aprender.
Y podremos experimentar que no pudimos conseguir la plenitud con nosotros mismos ni la comunión con los demás, y nuestra capacidad comprensión es limitada.
LA SALVACION
La escritura puede leerse no como una historia de exigencias, sino como la aventura paciente de un amor que no sabe rendirse.
Comienza entonces una historia en la que Dios le va a al ser humano lo que le falta respetando la libertad del mundo.
En el libro del Génesis cap 6: 6-7 dice que a Dios le dolió en su corazón haber hecho al ser humano y que se arrepintió de haberlo creado, porque la maldad se había multiplicado sobre la tierra.
Después viene el relato del diluvio con Noé como el justo que sobrevive junto con su familia.
Dios promete que no volverá a maldecir la tierra ni destruir a todo ser viviente como lo había hecho y en el capítulo 9 establece la primera alianza con Noé, poniendo el arco iris como señal del pacto.
Empieza ya a pactar y a incluir al ser humano en la historia de restauración.
El dolor de Dios simboliza que el mal no le es indiferente, y hay que empezar un plan de salvación colaborando con el ser humano.
INTENTO DE SALVACION EN EL MUNDO DEL PADRE: EL PUEBLO ELEGIDO Y LA TIERRA PROMETIDA.
Dios Padre probó la salvación con un pueblo a través de Abraham, no la salvación de la humanidad, sino solo la de un pueblo escogido, de forma limitada.
El paraíso no es el cielo, es una tierra prometida en este mundo.
Se fía de Abraham porque tuvo la máxima fe y amor que se puede demostrar: ser capaz de sacrificar hasta a su propio hijo.
Sólo a un pueblo escogido: el pueblo de Israel. Era necesario el intento de la primera persona de salvara el mundo antes de que acabe.
Es como si Dios fuera nacionalista y empleara la fuerza externa en el mundo.
En el Antiguo Testamento, Dios salva si se lo merecen, es un amor condicional.
La condición es hacer el bien, y no tener otros dioses, es un dios celoso.
Para ello les revela una ley externa para aclarar el camino del bien. Si la cumplen, usará la fuerza (“Dios de los Ejércitos”) para liberar de sus enemigos a su pueblo.
Entonces los liberará de adorar a otros Dioses falsos y lograrán una especie de cielo, que es volver a caminar y soñar con la tierra prometida; pero no hay un cambio interior.
Si no lo cumplen, les dejará al albur de sus enemigos o les mandará crueles castigos para que recapaciten. Una salvación parcial, violenta, y a la postre imposible.
Una victoria externa, no una transformación interna.
Así que el Padre por sus solas fuerzas no pudo.
ENCARNACION DE LA SEGUNDA PERSONA EN EL MUNDO: JESUCRISTO
Entonces bajó la segunda persona, no un guerrero libertador, sino puro amor: su hijo y el hijo del hombre, Jesucristo.
Así Dios unió a su segunda persona, su hijo, con su creatura, un ser distinto, su amor máximo: el ser humano. Viendo a Jesucristo, le vimos a él.
Dios se hizo materia, carne y mundanal, hizo prodigios y dio un testimonio sin igual, y a la postre fue juzgado, torturado y matado.
¿Qué representó Jesús?: al revés que Satanás, la entrega humilde; no el dominio, sino el servicio.
Demostró que el padre era primero: «todo lo he recibido de El, os transmito lo que me ha enseñado y encargado».
Como es amor y poder, no podía evitar sanar a los enfermos, pero no de una forma mágica, como la lámpara de Aladino, sin nuestra colaboración. Jesús era muy respetuoso, necesita de la libertad y colaboración del otro (“¿quieres quedar salvo”?, “ tu fe te ha salvado”.
Demostraba humildad (no me llaméis bueno, sólo lo es el Padre; todo se lo he visto y lo he recibido del padre), aunque a veces no se cortaba en ser quien era (antes que Abraham existía yo).
Simplemente demostró Dios que debía rehacerse otro mundo y la propia condición humana: “el que ame su vida en este mundo, la perderá, el que la odie, la ganará”. “Habrá tormentas…y volverá el Hijo del Hombre…..y resucitará a vivos y muertos…”.
Se le escaparon a Jesús no obstante varias frases: “el padre me lo ha entregado todo para que lo devuelva todo luego”.
¿A Jesucristo le mató la élite religiosa solo?
No, lo matamos todos, pues todos tendemos a aferrarnos al poder humano (como dice Mª Dolores Alberola): los de arriba porque temían su poder y una rebelión del pueblo; los de abajo porque se sentían seguros sometiéndose al poder establecido.
Nadie prefirió el «poder» servicial de Dios.
Jesucristo, donando su vida, demostró que viene del padre, y a los tres días resucitó.
Jesús ya no usó la fuerza, sólo se enfadó dos veces, en una ocasión tiró unas mesas y en otra secó una higuera. No tuvo pecado, pero sí las limitaciones: tuvo contradicciones al asumir nuestra naturaleza inferior (se resistió a hacer el primer milagro, le tuvo que obligar la virgen, pues no quería darse a conocer porque sabría que moriría; tuvo rigidez cuando no quería sanar a la hija de una -pues creía que sólo tenía que salvar a las ovejas descarriadas de Israel; y por último pidió al Padre que le evitara la misión –el cáliz- por la que había venido a este mundo-.
Pero jamás dañó a nadie ¡ni un ápice!, algo en lo que mi admirado Rogeli Armengol tanto insistió como base del bien.
Curó y resucitó a gente, manifestando el poder de su divinidad con la carne y la vida.
Sanó interiormente por medio del arrepentimiento, como a Zaqueo, y perdonó hasta los que le mataban («perdónalos porque no saben lo que hacen»).
Se acercaba a los enfermos sin miedo, tocaba a los excluidos, miraba a cada persona como si fuera única e irrepetible, hablaba con autoridad pero sin dureza, denunciaba la hipocresía sin dejar de ofrecer perdón, lloró ante el dolor de sus amigos y se conmovió ante el hambre de la multitud, mostró una firmeza serena frente a la injusticia y una ternura enorme con los frágiles, nunca usó el poder para imponerse sino para servir, y en todo dejó ver que el Padre era misericordia.
Pero no salvó en sus 33 años a ningún pueblo, ni a la humanidad.
Tuvo que dar su vida y resucitó, y obtenerla otra vez del padre en su nueva naturaleza divina y humana.
Jesucristo, igual que el Padre en el Antiguo Testamento, tampoco pudo en su labor en la tierra arreglarlo todo.
VENIDA DE LA TERCERA PERSONA A LA HUMANIDAD: EL ESPIRITU SANTO
Luego mandó a la tercera persona: al Espíritu Santo en Pentecostés, que nos trasformaba por dentro y soplaba por fuera.
Y tampoco la tercera persona ha podido salvar al ser humano en este mundo, para refrendar que tiene que el mundo tiene que acabar un día, que se necesita otra venida.
Recordemos que absolutamente todo tiene que experimentarlo Dios para que no haya en el cielo ninguna duda.
La salvación podría iniciarse aquí ya, parcialmente, pues mandaría al mismo Espíritu del Padre dentro de las personas, para abrir la conciencia -como dice Sebastián Fuster, Los discípulos, hasta que lo recibieron, no entendían nada-; y fuera de las personas el espíritu actúa “soplando”, es decir, y nos conducirá donde quiera, donde el Amor nos necesite, guiando la vida externa del ser humano (el que siga mis palabras, y pida algo en mi nombre, mi padre se lo concederá).
EL SUFRIMIENTO DE LAS PERSONAS EN EL MUNDO
Hablar de una historia bella de restauración y salvación sin detenerse en la realidad del sufrimiento es omitir una parte esencial.
La sombra, el vacío, la falta del ser humano, unida a nuestra vocación sin límites, compensado con el poder de este mundo, es capaz de lo mejor y lo peor.
La lectura de «El libro negro de la humanidad«, del Matthew White, del National Geografic, explica las mayores masacres desde el lado de las víctimas, es impactante.
La vida en el mundo, aun siendo un don, comporta no solo muertes violentas sino dolor por la injusticia, enfermedad, muerte, el desgarro de no poder vivir plenamente, las condiciones adversas de la existencia, la sensación de muerte en vida, las pérdidas, la maldad propia y ajena…
Muchas lecturas hay del poder del mal, y gente experta. Aquí queremos enfatizar que al final vencerá la luz, y aún con más fuerza y sentido si cabe.
Precisamente la vida eterna tendrá un gozo mayor, especialmente para quien más ha sufrido. Si la eternidad existe, estos dolores pueden son como los dolores de parto: intensos y reales, pero finalmente superados por la alegría y el gozo de la vida que nace, que los hará olvidar. Confío en que así sea.
SEGUNDA VENIDA DE JESUCRISTO
La segunda venida de Cristo se presenta como revelación, nada más lejos de la venganza: la manifestación plena de una justicia que sana y de un amor que sitúa cada realidad en su verdad. Ya no existirá el mundo confuso de cada uno, sino que todo será visto objetivamente y transformado con el poder del amor, que ahora será en que mande.
Será el abrazo definitivo en el que el sufrimiento se transforme en gozo, la injusticia quede deshecha y la verdad comience a unirnos. En su anuncio hay temor, sí; pero, sobre todo, hay una promesa destinada a ser experimentada.
Incluso en medio de lo que parece un aparente fracaso, el ser humano camina hacia un encuentro insuperable.
EL CUENTO CON FINAL MAS FELIZ QUE PODAMOS IMAGINAR
PREMISAS
La conciencia humana -el superyó, en expresión de Carlos Mesters- no alcanza la comprensión ni el perdón absolutos; con frecuencia condenamos a la persona junto con su acción.
Dios salvará a toda la humanidad; no es un incompetente ni un inepto. Nadie quedará eternamente fuera: incluso la criatura más caída será salvada. Como afirma Ramón Bataller Sifre, «hay un día en que las cosas estarán en su sitio».
En la historia, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo ofrecieron su gracia y encontraron resistencia; esa es una primera lección sobre la libertad humana.
Al consumarse los tiempos, Jesús vendrá según la misión confiada por el Padre y resucitará a todos.
Habrá asombro y expectación: será Jesús quien rija plenamente.
La fe dejará paso a la evidencia; no habrá un ámbito subjetivo frente a otro objetivo, pues todo será visto de verdad.
No habrá incrédulos ni creyentes, porque porque todo quedará manifiesto y la evidencia sustituirá a la fe.
Entonces cesarán la tentación, la duda y el miedo, porque todo habrá sido vivido y esclarecido.
No habrá poderes en pugna ni mundo que conquistar.
Ahora es la hora del Reino de Dios. Jesús ya no aparece como un paria crucificado, sino es que gobierna con absoluta autoridad, pero no como gobierna el mundo, sino como servidor.
Existe un estado en el que la vida es plenamente feliz: el Reino donde está el Padre y donde reina la hermandad.
Jesús ayudará a que las personas que hicieron mucho bien entren en libertad en un mundo de hermandad.
A las personas que hicieron daño, les quitará el velo -la causa- del mal, les hará conscientes y les restaurará la carencia que lo provocó.
Pues si alguien pretendiera autoafirmarse del juicio y pretendiera quedarse fuera libremente, eso sería el infierno: una existencia sin Dios, el mayor de los sufrimientos, «un rechinar de dientes».
Dios, el mayor artista, al humanizarse en Jesús iniciaba su gran designio: conducir al ser humano hasta hacernos partícipes de su condición.
Solo podemos ser como dioses si compartimos su sabiduría, y en nuestro caso necesitamos la experiencia del sufrimiento en vez de creerle, que no pudimos.
Dios no solo no castiga y utiliza el fracaso humano; sino que experimente su propio fracaso -el rechazo, la cruz- para elevarnos a su vida.
¿Recordamos el respeto y la libertad? Si Dios nos hubiera hecho dioses desde el principio, compartiendo su naturaleza sin proceso ni respuesta, no habría amor entre distintos.
El precio del designio mayor ha sido crear a alguien de otra naturaleza, que solo puede confiar cuando Dios se le entrega por entero.
Resucitarán todos. Y el orden mismo de la restauración manifestará el corazón de Dios.
1 Primero aquellos que menos pudieron vivir: A los seres que no han experimentado nada, las personas que no nacieron, los que no tuvieron oportunidad de vivir la vida en la tierra por cualquier trastorno o circunstancia.
Recibirán cuerpo glorioso, con la mayor alegría y plenitud.
A nadie se le reprochará nada, porque nadie puede ser juzgado por lo que no pudo hacer. Cada persona hizo cuanto pudo; y donde nosotros no alcanzamos, Dios alcanza. Recordemos que «para Dios todos están vivos» y que «el más pequeño será el más grande».
Las personas que menos tuvieron, estarán encantadas y encantados, pues estrenarán un cuerpo glorioso, espiritual, serán los adelantados.
Los padres que contemplan a esos hijos que no conocieron, ahora glorificados, se estremecerán de gozo.
No hay juicio sino culpa sino de restauración, y la gratitud cubrirá sus entrañas.
2. Después, quienes no pudieron desarrollar plenamente su ser por enfermedad, discapacidad o pobreza.
Serán restaurados; su alegría compensará el sufrimiento vivido en la tierra, y sus familias participarán de la máxima felicidad sin fin.
Llegarán los pobres, las niñas y los niños del tercer mundo. Hemos contemplado su pobreza y sus catástrofes. Ellos se regocijarán por ser elegidos, al contrario de lo que ocurrió aquí. Los acomodados del «primer mundo» esperaremos para entrar; así experimentaremos lo que significa quedar fuera, como tantos quedaron excluidos en la historia.
3. Más tarde, llegará el momento de quienes hicieron más daño.
El mal cometido no será justificado; pero la persona sí. Se comprenderá la herida que la desbordaba, aquello que superaba sus fuerzas y condicionó su acción y su decisión.
Este cambio de paradigma, que evita el juicio porque la condición estaba velada, es algo imposible para el ser humano a solas.
¡¡Dios salvará a todas las personas, hasta al Diablo, Satanás, Lucifer será restaurado!!
No será una restauración débil ni incompleta. A la persona que tenía un velo sobre el alma se le retirará. Entonces sentirá lo que sufrió y lo que hizo sufrir, como sienten quienes ya no están velados. Será sobrecogedor contemplar quiénes pudieron haber sido y no fueron -la herida que llevaban- y el daño que causaron sin poderlo sentir de verdad.
Cuando crean que fueron personas malas, no podrán juzgarse, ni serán juzgadas. Dios dará la vuelta a todo. Recibieron un alma velada; eso fue fruto de la diversidad de la condición humana, no fue un mérito ni una elección, como Caín no eligió ser quien fue.
Este cambio de paradigma -que suspende el juicio de condena personal porque la condición estaba velada- es imposible para el ser humano por sí solo.
Dios salvará a todas las personas; incluso el Diablo, Satanás, Lucifer, será restaurado.
Cuando alguien se reconozca como malo, Dios invertirá la perspectiva: haber recibido un alma velada fue la mayor de las injusticias, no un mérito diferencial, como en el caso de Caín y Abel.
Así quienes hicieron más daño serán restaurados con dignidad. Fueron los últimos en recibir ese don; ese dolor será intenso, pero quedará inmediatamente transfigurado por el gozo de la luz.
Todos seremos justificados mediante la restauración. Justificar es hacerse justo, es decir, bueno, a quien actuó condicionado por circunstancias no elegidas voluntariamente.
“El acto no será injustificable, pero la persona sí”. En realidad no se pudo evitar.
El acto no será justificable en sí mismo; la persona, sí. En lo profundo, no pudo evitarlo y no elegí mis condicionantes, Caín no pudo elegir ser Abel de naturaleza.
Esto supone una herida narcisista , como todo cambio de paradigma en la humanidad. La existencia de Dios es la herida por antonomasia: duele y, al mismo tiempo, sana, porque nos trasciende.
Nuestro superyó será «humillado», o mejor, superado. La condena no existe en Dios; nace de la impotencia de nuestros límites.
Porque la justicia de Dios es el perdón.
Todo será comprendido: fuiste abandonado por tu madre, maltratado por tu padre, marcado por una dolencia… o quizá naciste con un velo mayor para la empatía propia y ajena. Dios asumirá la responsabilidad última; cargará con todo.
Como en una empresa, donde un buen director atribuye los méritos a los demás y asume las responsabilidades en una inspección, así hará Dios: no al revés.
Una vez restaurada, la persona sentirá el amor que no tenía; lo recibirá como don allí donde había vacío.
Ese don que lo abarca todo -como el pericardio envuelve el corazón- es el per-dón: don que envuelve y alcanza a la persona entera.
El perdón no minimiza el mal; lo transforma.
Incluso Lucifer será restaurado. Si Dios es amor absoluto, nadie queda fuera eternamente.
El Padre habrá cargado con todo; se habrá vaciado.
Y nadie querrá quedarse fuera, porque el Espíritu habrá obrado en todos.
El Reino será comunión consciente y libre, sin tentación, porque todo habrá sido probado y entendido.
Dios habrá realizado lo imposible: salvar sin violentar la libertad humana, hasta el último sí que demos cada persona. El Reino es imposible sin libertad, es el precio de nuestra grandeza.
Y cuando todo esté en su lugar, comprenderemos que no era una historia de poder, sino de don.
Que el amor no solo creó el mundo:
lo llevó hasta el extremo,
y lo venció todo.
Entonces descubriremos que, desde el principio, esta era la historia más bella jamás contada: la de un Dios que creó lo distinto para amarlo, que respetó la libertad hasta el extremo y que llevó el amor hasta el límite de vaciarse para que nadie se perdiera para siempre.
CÓMO ERA EN REALIDAD DIOS: LA MAYOR BENDICIÓN IMAGINABLE
La Primera Persona era, en realidad, la vida y el amor.
Se autolimitó al engendrar y crear otras vidas, otros seres. Sin dejar de ser la Vida misma, quiso que existiera vida distinta.
En el fondo, toda vida está en Él, porque Él es la Vida; nada puede existir fuera de su ser. Y, sin embargo, respeta absolutamente a cada criatura, es algo extraordinario.
Lo que gozamos, Él lo goza. Y en cuanto al sufrimiento, no solo lo padece con nosotros, sino que carga además con el peso de habernos creado libres y de que, en esa libertad, hayamos sufrido.
Su propio Hijo, al entrar en el mundo, murió despreciado y torturado: cuánto más habría de atravesar el Padre ese dolor.
Dios es el que más aguanta de la historia, no solo lo lleva todo, como lo llevó Jesús, sino a diferencia de la segunda persona carga con el peso de la responsabilidad de haberlo engendrado y creado todo.
El mayor sufrimiento es que el mundo aún no le conoce; le niega, le maldice «perdónanos nuestras ofensas» o proyecta todos los males y carencias, muy a su pesar, y cuánto que lo entiende, si es su decisión.
Dios creó una vida transitoria -la materia- para que existiera lo verdaderamente distinto; pero esa misma creación será transformada: nuestros cuerpos llegarán a ser gloriosos.
Ha trazado un camino de restauración y permitir: crearlo todo, probarlo todo, porque es necesario para que tengamos su sabiduría de tú a tú, no como siervos.
Así llegaremos a ser como dioses, porque habremos experimentado todo para saberlo todo como Dios, el ya sabía que era el bien, pero al no ser los creadores no pudimos estar de tú a tú de otra manera.
En consecuencia, no solo no culpará a nadie, sino que asumirá en sí toda responsabilidad: ese será su «juicio final».
Al final, todos seremos iguales ante Dios y ante nosotros mismos.
Descubriremos que el Padre nunca existió para sí, sino como don para los demás. Bastará reconocer que todo proviene de Él.
Al ser la fuente perfecta, es la única manera de que vaya bien; recordemos que cada negación fue caída y sufrimiento.
Pensamos que podíamos saberlo todo, ser buenos, poderosos, sentir que nuestra vida no tenía limite…esos sentimientos compensatorios nos engañaron y ese mundo ha acabado con la muerte personal y el ginal de la vida en general.
Para aclararlo, Dios e habrá dado por entero. Todos estarán en Él y Él se habrá entregado a todos. Como si, en el fondo, no existiera para sí mismo: nosotros participaremos de su vida, y Él solo será protagonista en cuanto origen amoroso de todo, reconocido ahora por experiencia.
Ya lo anunció Jesucristo: «No me llaméis bueno; solo uno es bueno». Dios será la sorpresa, la alegría, la generosidad más inimaginable.
Esta historia, este final, podrían ser aún más grandes de lo que alcanzo a comprender; mis límites no me permiten ver más. Solo sé que, si algo la supera, tendrá que ser en más amor y bienestar para todos los seres y personas.

