«Yo no sé si usted sabe psicología;
lo único que sé, es que usted no tiene psicología».
Esa frase tan reveladora me la compartió una persona que había recibido un trato excesivamente duro.
Sin ser consciente, quien se la dijo tocó justo donde más dolía: su autoestima, porque no era capaz ya de llegar más.
Entonces comprendí que, sin darme cuenta, yo misma había transitado por ese lugar.
En mis comienzos como terapeuta, juzgaba más; más adelante, en ocasiones, confrontaba sin la delicadeza necesaria.
Solo con la madurez que da el tiempo -y tras conocer en mi propia carne la impotencia y también la esperanza, y la paz- he aprendido a mirar con mayor amor y a hablar de un modo que reconforte mejor el corazón.
Aquella persona, aquel día, me dejó una enseñanza esencial:
saber psicología es, en el fondo, tener psicología.
Tener psicología es conocer la capacidad real de una persona y sus límites para poder respetarlos.
Por eso no basta con el conocimiento técnico; hace falta un conocimiento profundo del ser humano.
De poco sirve saber diagnosticar una infección si no se comprende cómo actúa en el organismo concreto de quien la padece, ni cómo se manifiesta en su singularidad.
Tener psicología implica mirar con delicadeza, intuir cuánto puede sostener alguien y reconocer el momento en que una observación deja de ayudar y comienza a herir.
Supone comprender su historia, su manera de sentir y su estado presente.
En el fondo, tener psicología es el arte de la medida justa: la sensibilidad.
Como quien cuida una herida con atención: limpia y sana, pero no presiona más de lo necesario, porque sabe cuánto duele.
Para llegar ahí -al menos en mi experiencia- ha sido necesario conocer primero mis propias reacciones, mis errores, mis sombras.
Porque solo al atravesar nuestros propios valles oscuros y aprender de ellos desarrollamos una verdadera com-pasión: la capacidad de sufrir con el otro, sin juicio y con respeto.
Es, en cierto modo, un proceso de identificación.
En lo físico, los límites suelen verse con mayor claridad.
En lo emocional, en cambio, no siempre son evidentes; requieren otro tipo de mirada.
Y, sin embargo, qué decisivos son para que una relación sea sana y no se resienta.
Conocer los límites permite vínculos humanos más cuidados; cuando exigimos o esperamos más de lo posible, algo inevitablemente se quiebra.
En realidad, los propios límites no se aprenden desde la teoría, sino viviéndolos.
Y suelen hacerse visibles más a través del dolor que del placer, porque es el dolor el que delimita, marca el borde, señala hasta dónde podemos llegar y qué necesitamos proteger.
Esa experiencia es la que nos capacita para comprender la de lxs demás.
Acompañar, aliviar y sanar es exactamente lo contrario de herir, incomodar o invadir. Y, como casi todo lo verdaderamente importante, al final es un acto del corazón.
Einstein lo expresó con lucidez:
«Si la inteligencia es el arte de resolver problemas, la sabiduría es el de no crearlos».
Nadie posee toda la psicología, ni nadie carece por completo de ella; cada cual tiene la que puede. Solo podemos aprender y crecer partiendo de lo que somos.
Porque, en el fondo, no existe quien, pudiendo comprender mejor al prójimo, elija no hacerlo.


