Este Roland Garros ha tenido algo especial. Que no estuvieran al final por motivos distintos Sabalenka, Sinner y Alcaraz abrió la puerta a un torneo distinto, donde la igualdad entre aspirantes dio paso a una épica menos previsible.
La victoria de Alexander Zverev me emocionó profundamente, no solo por el triunfo deportivo, sino por que podía significar para él una alegría inmensa y un descanso para el alma. Cuánto se notó, nada más ganarla, lo que había luchado.
Además, dos personas me han llegado estos días, y no son tenistas en activo.
Amélie Mauresmo, extenista y directora del torneo, ha encarnado una forma de estar que admiro especialmente. Siempre presente, pero sin buscar protagonismo, discreta, ha sabido ocupar un segundo plano generoso, cediendo el foco a los demás sin dejar de transmitir la autoridad del servicio.

Y luego está uno de mis grandes ídolos: Alex Corretja. Más allá de su capacidad para enriquecer cada retransmisión con comentarios técnicos de enorme calidad, lo que verdaderamente impresiona es su dimensión humana.
Es delicado y extraordinariamente afectuoso.
Hoy, al despedirse al final de las retransmisiones, se dirigía a sus compañeras y compañeros agradeciéndoles su cariño. Ellos le respondían que era un honor trabajar con él. Y se entendía perfectamente por qué.
Hay personas que sacan lo mejor de quienes las rodean. Corretja es una de ellas. Su labor es impagable, porque con su humanidad logra acercarme lo más posible a esas gradas desde mi casa, recostado en el sillón.



