“Nunca me ha fallado que, cuando alguien me descalifica o me habla con desprecio, esa persona es, en el fondo, quien más tendría que callar”.
Esta enseñanza me la compartió un querido paciente de avanzada edad, y desde entonces la llevo conmigo como una brújula ética y emocional.
Cuando descalificamos, nos delatamos.
Descalificar no es solo atacar, es revelar una intolerancia.
Al hacerlo, dejamos entrever que un defecto nos duele, activamos nuestras defensas y negamos que pueda existir.
Entonces lo negamos en nosotrxs -a mí no me pasa-, y machacamos a los demás ¿cómo puede ser que tengas ese defecto?
Por eso lo tomamos de manera tan personal, porque nos duele.
Rechazamos fuera lo que no aceptamos dentro. En el fondo, no lo entendemos.
Juzgamos con severidad las debilidades ajenas, porque dejamos de comprender a la persona que tenemos enfrente.
Nuestros mecanismos de defensa nos hacen fantasear que estamos libres de ese defecto;
probablemente porque, en nuestra historia personal, no nos fue permitido, o no pudimos permitirnos para sobrevivir.
En cualquier caso, cuando caemos en ese patrón, lo más saludable es que alguien nos detenga con cariño y firmeza, o con distancia.
Quizás nos haga entender que nuestra dignidad no depende de la perfección, pero al menos las personas se defenderán del daño que hacen los mecanismos de defensa con el prójimo.
Nada lo expresa mejor que la antigua máxima: «No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados.
Porque con la misma medida con que midáis, se nos podría medir.”
A veces, esto ocurre de forma cotidiana.
Reñimos a alguien por haber perdido algo («eres un desastre»), sin darnos cuenta de que somos nosotros muy despistados en lo fundamental: el respeto.
La humildad es la mejor consejera. Nadie está exento de fallar, y aquello que hoy señalamos en otrx, mañana podría reflejarse en nosotros.
Mi querido maestro Julio Vallejo, en la preciosa cena de su jubilación que reunió a todxs los residentes como a una familia, nos compartió tres consejos de forma breve:
«que no pusiéramos el dinero en primer lugar en nuestra profesión sanitaria, sino la vocación;
que fuéramos humildes para aprender siempre;
y que nunca criticáramos a colegas delante de pacientes, porque nosotrxs no estamos exentos de errores«.
Magistral.


