Durante la pandemia la vida humana se convirtió en la prioridad absoluta.
Gobiernos de todos los signos políticos suspendieron reglas que parecían intocables: se cerraron fronteras, se paralizaron economías enteras y se restringió la libertad de movimiento de miles de millones de personas con un único objetivo de reducir el número de muertes.
El consenso era inédito. Según datos de la Organización Mundial de la Salud, entre 2020 y 2022 se aplicaron medidas extraordinarias que afectaron al 90 % de la población mundial.
Cuando las guerras reaparecieron con fuerza en la agenda global, el enemigo dejó de ser externo e invisible y volvió a ser humano.
Ya no se trataba de una amenaza biológica, sino de ideas, intereses geopolíticos, identidades nacionales y ambiciones de poder.
Elementos humanos que funcionan como una patología compleja: el mismo motivo que destruye vidas también ofusca la capacidad para protegerlas.
Desde febrero de 2022, la guerra en Ucrania ha provocado -según estimaciones de la ONU- cientos de miles de muertos y heridos, más de seis millones de refugiados y una devastación económica que tardará décadas en revertirse. El país invasor, Rusia, además de un aislamiento internacional sin precedentes desde el final de la Guerra Fría.
Sin embargo, el objetivo básico debería seguir siendo el mismo que durante la pandemia: preservar vidas, impedir que el conflicto se extienda y construir una paz duradera.
Como ocurre con cualquier enfermedad grave, abordar un conflicto bélico exige al menos dos premisas fundamentales:
Conocer sus causas, no solo las inmediatas, sino también las históricas, culturales y geopolíticas.
Y asumir la realidad tal como es, no como nos gustaría que fuera.
En medicina nadie dice: «No voy a curar esta herida porque no me gusta cómo está; haber venido antes».
Se actúa sobre lo que hay, no sobre lo que debería haber sido, porque detrás de la herida hay una vida.
Con los conflictos armados debería partir de la realidad existente, por imperfecta que sea, porque cada día que se retrasa una solución realista se traduce en más vidas perdidas.


