Imaginemos un pequeño relato.
Una persona forma parte de un grupo excursionista. Se siente con buena salud, y además es servicial.
Siempre lleva su propia mochila y, como nadie más lo hace, también carga con la tienda de campaña común. Lo hace con gusto.
No pide ayuda y, poco a poco, el grupo se acostumbra.
Un día empieza a notar un dolor en la espalda.
Va a una visita médica y le diagnostican una dolencia por haber cargado demasiado peso.
La semana siguiente decide acudir a la excursión.
Si llega al grupo diciendo:
“Habéis sido muy egoístas. Siempre me visteis cargando la tienda y nadie se ofreció a ayudar.
Por vuestra culpa tengo ahora un problema en la espalda.
Ahí tenéis la tienda; que la cargue otra persona”.
Lo más probable es que aquella persona no vuelva nunca más al club.
El ambiente se volvería tenso, los demás se sentirían atacados o culpables, y la relación quedaría dañada.
Pero existe otra manera distinta de afrontar la situación.
Esa persona puede llegar y decir:
“Me duele la espalda. ¿Alguien puede llevar hoy la tienda?”
Sin reproches ni acusaciones.
Y con seguridad, alguien responderá:
“Claro, ya la llevo yo.”
Si después le preguntan: ¿no será por haber cargado siempre con la tienda? puede responder:
“No creo, me pasa desde hace un par de días solo”
Y la excursión continuará y nadie se sentirá mal.
Porque en el fondo, aquella persona no fue obligada: fue ella misma quien asumió una carga que nunca repartió.
Este ejemplo sencillo es una forma de expresar que los límites se aceptan mejor cuando se expresan desde la propia fragilidad o debilidad.
Cuando se formulan como necesidad, los demás pueden responder desarrollando la empatía que puedan, no se sienten cuestionados y no se tienen que defender.
Otro ejemplo cotidiano.
Una persona reúne cada semana a su familia y, sin haberlo decidido conscientemente, acaba siendo siempre quien cocina. Un día se siente molesta o superada.
Puede saltar diciendo que nadie valora todo lo que ha hecho, que la gente se ha acostumbrado mal…
O puede decir, con sencillez:
“Estoy cansadx, prefiero hoy no cocinar”.
Y que pase lo que tenga que pasar.
Los demás no tienen porqué ser igual, es decir, si quieren pedir pizzas porque a nadie le apetece cocinar, pues es lo que hay.
Los vínculos a veces no se rompen por los límites en sí, sino porque las personas nos exigimos mucho, y cuando no podemos más exigimos a los demás.
Cuando aceptamos nuestros límites, se comunican a tiempo y se expresan con naturalidad, ordenan la relación, y al final cada persona hace lo que puede.
Y no hace falta que nadie se sienta molesto.


