Escuché ayer en un reportaje una persona que decía que las opiniones actuales están muy “polarizadas”.
Me gustó la matización.
De hecho, las opiniones que más me llegan son las humanizadas, que tienen al centro los derechos de cada ser humano, sin exclusión.
La polarización es un intento fallido de absolutización, un refugio emocional de seguridad para nuestro pensamientos, intereses o pertenencia, donde nos sentimos identificados al ocupar un lugar seguro dentro de una parte de la realidad.
Las opiniones polarizadas suelen expresarse con una carga afectiva de acritud fácilmente reconocible.
Siempre llevan ese añadido de «ves que malos o malas que son».
La crítica y la intolerancia se mascan en el ambiente.
No solo por lo que dicen, sino por cómo lo dicen.
Identifican lo negativo como propiedad exclusiva de un polo -derecha o izquierda- y actúan como si el error y la injusticia solo habitaran en el bando opuesto.
Esta mirada es necesariamente parcial y profundamente engañosa.
La polarización es un distanciamiento de las opiniones hacia los extremos opuestos.
Y sí, las personas se alejan irremediablemente.
Ya no hay encuentro, no hay paz; hay amenaza, miedo, prejuicio y eso es el germen de las guerras.
Hay rigidez mal entendida.
Es todo un error de concepto.
En el fondo no se gana del todo si no ganamos todxs.
Sin embargo, el humanismo solo defiende una rigidez: la persona, su bien, evitar su daño.
Si lo rígido, lo absoluto, es el bien, el humanismo incluye, el disfrute del acierto y la paciencia del error… y así integra todos los contrarios.
Excepto la dignidad humana, que es el único absoluto: no se puede matizar, no hay de personas con más o menos, no se puede relativizar ante nada, ni tiene su opuesto.
Si integramos los extremos, las ideas se acercan, y las personas también.
Con la polarización, en cambio, las personas con ideas distintas se tiñen de afectos contarios, y no pueden convivir: por ejemplo, dos personas de creencias distintas parece que no puedan entenderse.
Las ideas no puede coexistir: o piensas en la iniciativa privada o pública, no pueden convivir a la vez.
Es un reflejo de los mecanismos de defensa internos o externos de nuestra fragilidad, que se proyecta fuera.
Por ejemplo, personas que tuvieron poca ayuda y por sí mismas gracias a su solo esfuerzo salieron adelante, pueden identificase con lo individual y despreciar lo común, porque atañe a personas que dependen del esfuerzo de los demás.
O personas muy exigidas en su juventud y que tuvieron que renunciar a sus derechos, pueden pensar que todo lo individualista siempre es signo de abuso, y lo común de protección y justicia.
Pero esa simplificación tiene un costo: empobrece el pensamiento y deshumaniza al contrario.
Diversos autores enfatizan qué aspectos la polarización intenta cubrir con esta sensación de seguridad absoluta, de necesidad:
Hannah Arendt: de autosuficiencia
Erich Fromm: de superar el miedo, la incertidumbre y la soledad
Theodor W. Adorno: la ambivalencia y la complejidad, y de no soportar lo negativo, que se proyecta en los demás.
Karl Popper. la falibilidad humana, y el desconocimiento -por eso existen dogmas-.
Jonathan Haidt. el grupo al que pertenecemos, y de encontrar en él una identidad moral incuestionable.
No obstante, alcanzar opiniones totalmente despolarizadas es prácticamente imposible.
Todos estamos atravesados por condicionantes afectivos, culturales, históricos y biográficos. Nadie piensa desde un vacío neutral.
Sin embargo, existe una diferencia fundamental entre tener un punto de vista y absolutizarlo.
Ser libre-pensador/a para mi es el arte que más admiro, y los testimonios que más me llegan.
Son aquellas que no reducen al ser humano a la rigidez (1) sino que reconocen su complejidad, contradicción y fragilidad.
En la opiniones humanizadas hay matices, dudas y una voluntad genuina de entender en libertad.
Tal vez el desafío de nuestro tiempo no sea dejar de opinar, sino aprender a hacerlo sin tener que despojar a nadie de humanidad, y a pensar de forma más colectiva.


