En ocasiones hemos pensado, dicho o escuchado de alguien que “no pone de su parte”.
Pero ¿cuál es realmente “su parte”?
Hay una que cada persona tenemos, algo propio e intransferible, que está muy clara: nuestra libertad y nuestra experiencia.
Puedo cocinar unas croquetas deliciosas, pero no puedo saborearlas ni digerirlas por lxs demás, ni decidir por ellxs si las cogen, mastican o tragan con gusto.
Pero hay que tener cuidado: a veces se dice que alguien no quiere hacer algo porque no pone «su parte» y se apela únicamente a su libertad no querer hacerlo.
Ocurre entonces que la persona que ejerce una responsabilidad (docente, progenitor, terapeuta) refiere que ella no puede hacer nada, y se «sale hábilmente de la ecuación«.
Y entonces surge una pregunta: ¿estamos seguros de que esa “parte” que exigimos a alguien realmente la tiene?
¿O es, precisamente, la parte que le falta -que tiene nada que ver con la libertad, sino con la capacidad– la que implica que realmente no pueda?
¿Y qué hay de «nuestra parte«?
¿Podemos cuestionarnos algo para mejorarla?
¿Podemos conocer y adaptar mejor a alumnxs, pacientes, hijxs…?
¿O nuestra parte es infalible e inmejorable?.
Como siempre, todo suele ser mixto y bilateral: qué hacer nosotrxs con desde la actitud propia para intentar mejorar las cosas es una variante de la ecuación que casi nunca es cero.
Así pues, hay un test para discriminar si un/a profesional ya no puede ayudar más a alguien.
A. Si solo apela a la libertad de la persona que trata («no quiere, no pone de su parte») Lo hace de manera crítica.
No se cuestiona nada como profesional
Y se sale de la ecuación totalmente.
Eso significa que ya no le puede ayudar.
B. Si dialoga, se plantea otras opciones, escucha, pregunta, consulta, se cuestiona…
Si habla sin desprecio de la persona.
Significa que hay esperanza de que ayude, de que algo se mueva.
Hay personas que necesitan rampas emocionales (1), cognitivas o motivacionales.
Porque la libertad no depende solo del querer, sino también del poder: de la capacidad real del individuo.
En el terreno físico esto se entiende fácilmente: si un escalón es demasiado alto, por mucho que lo intentemos, no podremos subirlo. La solución es simple: se pone una rampa, una ayuda.
Sin embargo, cuando lo que está en juego pertenece al ámbito emocional, relacional, social o intelectual, la cosa se complica.
Valorar la capacidad en esos terrenos es mucho más difícil, porque lo subjetivo no depende solo del sujeto, sino también de quien lo observa.
Por eso existen tantas diferencias entre profesionales y entre enfoques terapéuticos en campos tan sensibles como la docencia o la salud mental.
Porque depende de cada profesional, de sus capacidades personales en ese momento (cuestión para hablar en otros escritos)
Sea como sea, lxs profesionales siempre formamos parte de la ecuación.
Eso sí, debemos aprender a distinguir con claridad qué depende de nosotrxs y qué no.
Esta reflexión cobra sentido, sobre todo, en los llamados “casos difíciles”.
El alumnado que progresa con facilidad no necesita tanto del profesorado, igual que una persona sana apenas requiere la intervención de un/a profesional de la salud.
Las personas complicadas son, en realidad, un reto y un motor de avance.
Nunca debemos desesperar, sino preguntarnos con honestidad:
¿Podemos hacer algo más por nuestra parte, o ya está todo probado?
(1) La noción de «Rampa emocional» es de la psicóloga Claudia Atienza Viñes, de gran sensibilidad humana.


