En una sesión con mi psicoterapeuta, Joan Creixell, le conté que una persona decía de otra que “era mala”.
Él respondió con calma: “se refiere que esa persona… no está bien”.
Qué diferencia tan valiosa: no juzgar -ni condenar- la esencia de una persona, sino enjuiciar su estado.
Esa simple matización me abrió una forma más humana de mirar los defectos.
Nunca podré agradecer lo suficiente la manera en que mi terapeuta ponía humanidad en cada palabra.


