«No hagas a lxs demás lo que no quieras que te hagan a ti».
O, en positivo: «Trata a lxs demás como quieres que te traten a ti».
Esta antigua máxima revela la intención del corazón y la esencia de la conducta humana.
Distingue, con una claridad sin igual, el bien del daño.
Imaginemos una escena sencilla.
Una persona humilla a su pareja con un comentario.
Más tarde, cuando la otra le confiesa que se ha sentido mal, responde:
-“¡Mira que eres exageradx!”-
Y, sin embargo, esa misma persona, si alguien la corrige -¡ni siquiera en privado!-, se enfurece.
Sucede así una y otra vez: quienes no reconocen el daño que causan, no toleran que se lo hagan.
Nunca falla.
No es casual que la llamen la regla de oro.
Ocurre también con los niños: aquel que siempre exige todo ya, suele ser el que más se resiste cuando se le pide algo.
O con quien te habla riñendo y luego lo niega:
-“No chillo, es que mi voz es así”-.
No se te ocurra responderle con el mismo tono: lo llevará fatal.
Aplicar esta regla cuando uno es capaz de reconocer un error es como encender una luz: ilumina, orienta, hace crecer.
Pero cuando hay rigidez o defensa, esa misma luz deslumbra.
Molesta, porque toca una verdad que aún no se puede asumir.
No es una ley injusta; al contrario, nos recuerda que somos iguales en derechos.
Solo quien aprecia esa igualdad la acepta con gusto.
Dos apéndices necesarios
Primero: esta regla empieza por unx mismx.
Nadie puede cumplirla del todo, pero todos la necesitamos siempre.
Segundo: existe su versión invertida:
«Tratarme a mí como trato a lxs demás».
Porque quien da demasiado no necesita dar más, sino aprender a recibir, pedir, delegar y cuidarse.
El amor propio no contradice la regla de oro: la completa.
Esta guía universal pule toda sensación de superioridad o inferioridad.
Nos recuerda nuestra igualdad esencial y nos invita al gozo de tratarnos como merecemos.
Porque, al fin y al cabo, rectificar es de sabixs.


