La palabra miseri–cordia nace de dos raíces: miseria y corazón.
Y en eso consiste: en llevar en el corazón la miseria de lxs demás.
Es la forma más alta del amor, porque lo incluye todo.
Amar lo bueno es sencillo; lo difícil es amar también lo imperfecto, lo herido, lo que duele.
La misericordia es un amor que comprende.
Un amor que no juzga ni condena, que sabe mirar con ternura las sombras y limitaciones más profundas de las personas.
Nos recuerda una verdad esencial: nadie es perfectx, pero todxs somos dignxs de amor.
Para vivirla de verdad, necesitamos primero conocer nuestra propia oscuridad.
Solo cuando sabemos de nuestras fragilidades podemos abrazar con compasión las de lxs demás.
La misericordia no se mide en cuántas veces perdonamos, sino en la libertad del corazón de quien ya no se ofende con facilidad.
Porque no es más misericordiosx quien más perdona, sino quien menos se ofende.
Al principio, cuando alguien nos hiere es casi imposible no tomarlo como algo personal. La reacción inmediata es el dolor, la defensa, el juicio.
Pero recorrer el camino de la misericordia es atrevernos a ir más allá.
No se trata de justificar el daño, sino de intentar comprender las carencias, los vacíos, las heridas que lo provocaron, tal y como nos sucede a nosotros.
Nos conviene practicarla porque todxs la vamos a necesitar también de vuelta.
Es un proceso profundamente humano, que no niega la verdad, pero elige mirar con compasión.
Porque, si es justa, elije el camino de la paz.


