La riña constante no es terapéutica ni educativa.
El mensaje que transmite es: «muy mal, nunca llegas».
La mirada apreciativa, en cambio, se base em la primacía de lo bueno, y debería ser siempre la última palabra.
Es la que conecta con lo mejor que tenemos, como nuestro deseo de crecer, de ser felices y de desarrollar aquello único e irrepetible que llevamos dentro.
Si nuestro fondo es bueno, será eficaz conectar con esa parte; una tierra da fruto atendiendo lo que necesita, no dañándola.
No consiste en negar los errores o no poner límites necesarios.
Sino en comprender que en el fondo de nuestro ser, siempre hay un bien por descubrir, y la frustración puede ser la causa de la mala conducta.
Con frecuencia, la riña continuada es también una forma de defensa de quien educa o acompaña.
Al centrarse exclusivamente en los defectos del prójimo, es una manera de sentirme por encima de quien soy.
Así me sitúo también por encima que quien pretendo ayudar, y no puedo ponerme a su lado, porque la defensa no viene de la aceptación.
Mantener una mirada apreciativa es un auténtico don.
Suele nacer en quienes, en algún momento de su vida, también fueron educados y comprendidos de ese mismo modo.


