La culpa y la vergüenza son de las emociones más profundas que existen.
Como todo en la vida emocional, su valor depende de si están al servicio de la persona o si la dañan. Podríamos comentar dos partes:
A. Cuando su aparición es constructiva y nos hace mejorar.
B. Cuando su permanencia es destructiva.
A. Como explica con claridad el psicólogo Alberto Soler (1), experimentar cierta culpa en ocasiones es un signo de salud mental.
La culpa actúa como un piloto interno: nos indica que hemos actuado contra nuestros valores y funciona como un freno para no repetir ese comportamiento. No todas las personas la sienten.
Algunas, cuando son descubiertas, experimentan solo vergüenza, que no es exactamente lo mismo.
En la infancia -señala Alberto Soler- es importante que lxs niñxs se sientan culpables cuando dañan a alguien, y no únicamente sientan vergüenza cuando “les pillan”.
Si un niño o una niña hace daño a otro al arrebatarle un juguete, que sienta culpa es una buena señal; la indiferencia, no.
La culpa remite a la empatía y a un juicio interno que reconoce el daño causado, y suele promover la reparación: devolver el juguete, pedir perdón, ofrecer un abrazo.
La vergüenza, en cambio, está mucho más ligada a la mirada de los demás y suele activar el impulso de esconderse.
Sin embargo, recuerdo con nitidez una mesa de incapacidad en la que un juez, profundamente comprometido con la protección de las personas mayores frente a abusos patrimoniales, afirmó con convicción: “la vergüenza es el motor de cambio más grande que existe”.
B. No había reflexionado a fondo sobre estos sentimientos hasta que, un día en urgencias, el familiar de una persona que había perdido el control durante una intoxicación me dijo, con los ojos llenos de lágrimas: “Voy a echar de menos por un tiempo su alegría. Es buena persona, y ahora cargará con vergüenza y culpa”.
Lo dijo con tanto cariño que intuí que estaba expresando una verdad profunda.
Más adelante la confirmé al acompañar a personas que, debido a una dolencia, no habían podido comportarse como realmente son.
Aquellas palabras me llevaron a preguntarme por qué la culpa y la vergüenza duelen tanto y qué representan en lo más íntimo del ser humano.
Parecen atravesar dimensiones esenciales de nuestra humanidad: la libertad, la dignidad y el amor.
Aunque a menudo aparecen en forma de pensamientos, nunca se quedan solo en la cabeza.
Son sentimientos hondos, que se encarnan en el cuerpo y duelen en el alma.
La culpa se dirige a lo que hacemos: “he hecho algo mal”.
Se vuelve especialmente pesada cuando sentimos que hemos usado nuestra libertad de un modo que ha causado daño.
Desde un punto de vista ético, para que exista una culpa auténtica deben darse tres condiciones: conciencia, libertad y capacidad.
Es decir, saber lo que se hace, poder haber actuado de otra manera y tener realmente los recursos para hacerlo.
Si lo pensamos con honestidad, en los momentos más decisivos de la vida estas condiciones rara vez se cumplen por completo.
Aun así, tendemos a cargar con una responsabilidad absoluta, como si todo dependiera únicamente de nosotrxs.
La vergüenza, por su parte, no apunta a lo que hicimos, sino a lo que somos: “soy indigno o indigna”.
No señala un error concreto, sino que pone en cuestión la dignidad entera de la persona.
Es como descubrir, de golpe, que no somos suficientemente humanos por no haber sabido o podido evitar una conducta reprobable.
Entonces aparece el impulso de ocultarse, de romper el vínculo con los demás.
Y ese aislamiento suele doler más que el propio error.
Cuando observamos de cerca estos sentimientos, se hace evidente que arrastran una lectura falsa de la realidad, porque no somos omnipotentes.
En la culpa suele esconderse una ilusión de omnipotencia: “debía haberlo sabido” cuando en realidad no lo sabía; “debí controlarme” cuando, por razones profundas, no pude hacerlo.
Detrás de la vergüenza, a menudo, hay un juicio -propio y/o ajeno- que desprecia lo más valioso de la persona: su dignidad.
Pero quien mira a otro con condena ocupa un lugar omnipotente que no le corresponde. ¿Quién puede decir que no está libre de caer en algo reprobable? ¿Quién conoce todas las fuerzas internas y externas que actuaban en una persona para condenarla con absoluta dureza?
La pretensión de perfección es, al final, una forma de omnipotencia que alimenta la dureza -o incluso la crueldad- hacia lxs demás y hacia unx mismx.
Cuando la culpa y la vergüenza se repiten y se enquistan, desgastan profundamente.
Ese desgaste puede convertirse, sin embargo, en un momento privilegiado para iniciar un proceso terapéutico: un encuentro donde mirar la propia historia con comprensión y amor, sin condena.
Cuando una persona logra comprender sus circunstancias, sus límites y sus heridas -y también las de quienes la dañaron-, la omnipotencia imaginada se derrumba.
La culpa pierde fuerza y la vergüenza empieza a aflojar, hasta que lo que queda es belleza de la dignidad sostenida por la verdad.
Porque, en el fondo, nadie que sabía y podía hacer un bien dejó de hacerlo.
Así se entiende que una persona sensible que pierde el control se sienta tan mal: la culpa y la vergüenza nacen de no haber actuado conforme a su propia bondad.
Para sanar, necesita restaurar el amor hacia sí misma, comprendiendo qué ocurrió y por qué no pude evitarlo.
También se comprende que quien, por una carencia interior, se aferra al poder y comete una falta tenga tantas dificultades para reconocerla.
Admitirlo sería para esa persona como perderlo todo.
(En otros textos comentaremos la dificultad de empatía que en ocasiones acompañan al poder o al éxito).
En ambos casos, cuando se comprenden de verdad, la culpa y la vergüenza pueden dar paso a la paz interior.
(1) El psicólogo Alberto Soler destaca por una mirada lúcida y equilibrada: ni autoritaria ni laxa, nada persecutoria, basada en explicaciones con sentido y en un profundo respeto por las personas, y una gran sensibilidad con la infancia.


