Imaginemos una escena.
Un niño que ha aprendido hace poco a montar en bicicleta pedalea con rapidez por una calle de veraneo.
Su madre, mientras conversa con una amiga, le advierte varias veces: «Ten cuidado, no corras tanto, que te puedes caer».
El niño ignora la advertencia, acelera y acaba chocando contra un coche aparcado.
Si esa madre tuviera un poder omnipotente y pudiera borrar la herida de un plumazo, ¿qué ocurriría?
El niño aprendería que su conducta no tiene consecuencias, y cada vez tomará más riesgo; total, si le ocurre algo, su madre se lo quitará.
Se deshumanizará.
Los límites cumplen precisamente esa función: ver la realidad. Señalan el punto exacto donde termina el disfrute y empieza el daño.
Y el daño, más que el placer, es la base del aprendizaje.
La experiencia del límite
Los límites son desagradables porque nos arrebatan la sensación de omnipotencia: esa fantasía de que nuestros deseos deben cumplirse a toda costa negando algunas consecuencias, incluso de daño hacia los demás.
Esta tendencia aparece de manera natural en la infancia, pero si no recibimos límites adecuados durante la crianza, la vida nos los pondrá.
Y para ponerlos hay que hacerlo con amor, con sentido, con firmeza y dando ejemplo.


