El cambio climático actual está científicamente demostrado y se debe principalmente a la actividad humana, sobre todo a las emisiones de gases de efecto invernadero.
Los datos más contundentes son la subida de la temperatura media, el aumento del CO₂ y del metano hasta niveles excepcionales, el calentamiento de los océanos, la pérdida de hielo y glaciares y la subida del nivel del mar.
Pero si la ciencia también es observación y experiencia, lo venimos sufriendo cada vez más -sin piedad- cada julio y agosto.
La negación de un hecho así es uno de los dramas más absurdos de nuestra especie.
Si sabemos que nuestra actividad industrial, nuestros coches y nuestras ciudades pueden alterar el clima, también sabemos que detrás está nuestra dificultad para renunciar a una parte de nuestros intereses individuales en favor del bien común.
Lo sabemos, en cierto modo, en nuestro fuero interno.
Y aquí aparece uno de los daños más graves de la polarización: convertir una cuestión científica en una cuestión de identidad.
Ya no se pregunta qué muestran los datos, sino a qué grupo pertenece quien los interpreta.
Que la izquierda ponga el acento en lo común, incluso cuando en algunos países eso haya podido producir daños al desarrollo individual, no debería llevar a ignorar los casos donde los intereses individuales dañan aquello que compartimos.
Además, los límites a cualquier abuso en beneficio del bien común deben establecerse siempre mediante la ley. Si también eso se politiza, cada vez será más difícil establecerlos.
Uno de los mayores absurdos de la polarización, ese estilete que divide, ciega, aunque sea a costa de negar el daño a la humanidad.


