¿Chillar en un lugar público y dar golpes en la pared es algo bueno o deseable?
Sin duda que no.
Una vez, en urgencias de un hospital, dieron la noticia de un accidente grave a un familiar, y preso de dolor empezó a exclamar y a dar puñetazos en la pared.
¿Alguien censuró el acto?. A nadie se le hubiera ocurrido; más aún, con el corazón encogido respetamos el dolor.
Aquel acto, aunque inapropiado en otro contexto, estaba plenamente justificado.
Este ejemplo extremo sirve para ilustrar que la justificación no recae sobre los actos en sí, sino sobre las personas.
Justificarse significa “hacerse justx”:
liberar el peso moral de una acción negativa cuando existen causas de fuerza mayor que la explican.
En otras palabras, expongo los condicionantes y circunstancias que me impidieron actuar de otro modo, y así me libero de la culpa: vuelvo a ser justx.
Pero una cosa es comprender o justificar a la persona, y otra muy distinta convertir en bueno lo que es malo.
No podemos, por tanto, justificar en sí mismos -ni hacer buenos- actos que hacen daño.
Ahora bien, justificar a las personas es un asunto completamente diferente, algo que pone al límite nuestro superyó humano.
Un tema digno de una reflexión más profunda.


