-¿Cómo lo va a querer?- preguntan en la peluquería.
Y uno piensa: qué maravilla si todas las profesiones empezaran así.
La atención solo puede ser verdaderamente personalizada cuando alguien nos escucha antes de actuar.
En la vida, pocas cosas resultan tan reconfortantes como sentir que alguien nos brinda una escucha plena sin prisas, sin juicios y con auténtica presencia.
Pero escuchar es una de las tareas más difíciles que tenemos.
Escuchar es señal de que no navegamos en la omnipotencia ni en la cerrazón de creer que poseemos la verdad absoluta.
Escuchar es, en esencia, querer aprender.
Y mientras alguien nos habla, ya estamos preparando la respuesta que -creemos- encierra la verdad.
En ese afán, dejamos de oír.
No. Nuestras ideas no son absolutas; son siempre relativas a nuestra realidad, y el prójimo tiene la suya propia.
Solo cuando conectamos con sus preocupaciones, su angustia y su momento vital, podemos intuir lo que realmente necesita.
Y, si es posible, expresarlo con sus propias palabras, como Sócrates enseñó con su método mayéutico:
el arte de ayudar al otro a “dar a luz” sus propias ideas, no de imponerle las nuestras.
La mayéutica nos recuerda que escuchar es acompañar a lxs demás en sus descubrimientos, no dirigirlos hacia el nuestro. Esta mirada está excelentemente desarrollada en el libro de Rogeli Armengol «El pensamiento de Sócrates y el psicoanálisis de Freud» (Fundación Vidal i Barraquer, Ed. Paidós, 1994). (1)
Pero cuando logro relativizarme -y absolutizar al prójimo, que es quien me habla, y no al revés- algo se transforma.
El diálogo se vuelve encuentro.
Y eso solo ocurre cuando escucho desde el corazón.
(1) Rogeli Armengol sostiene que la base de todo diálogo es la dialéctica, ese arte de buscar juntxs la verdad, frente a la retórica sofística, que solo pretende manipularla o adornarla.
Como ya expuso en «Felicidad y dolor. Una mirada ética», la moralidad consiste en no dañar.
Y pocas cosas son tan limpias, tan libres de violencia, como escuchar de verdad los sentimientos y emociones de alguien para comprender qué le ocurre en su interior.
La esencia de un buen diálogo -como de toda terapia genuina- no está en ofrecer primero consejos, sino en preguntar con respeto, en ayudar al interlocutor a tomar conciencia de lo que siente, más que de lo que piensa: ese instante de lucidez interior que el psicoanálisis llama insight.
Armengol compara este proceso con el arte de la escultura (via di levare), donde se retira lo superfluo para dejar surgir la forma esencial, más que con la pintura (via di porre), que añade capas sobre la superficie.
Los mecanismos de defensa pueden deformar nuestra percepción de la realidad psíquica, pero la escucha empática permite reconocer la angustia que los sostiene.
En ese sentido, servir al acto de conciencia -ayudar a que el otro vea lo que vive- es el gesto más respetuoso y veraz que puede brindarse a un ser humano.
Uno de las aportaciones más valiosas de Armengol es su defensa de la no manipulación de las personas, del respeto absoluto a nuestra condición humana.
Si alguien fuerza mi codo más allá de los 180 grados, me dolerá, porque su naturaleza no lo permite (salvo en raros casos de laxitud articular).
Del mismo modo, si algo en el trato humano causa daño, es señal de que algo falla. Y nadie tiene derecho a provocar ese dolor.
Pude comprender esta enseñanza en mi propio psicoanálisis, que tuve la suerte de realizar con Joan Creixell.
Desde el primer momento, su actitud no fue juzgar ni corregir, sino escuchar, para que yo pudiera mostrar lo que sentía. Luego, él encontraba las palabras justas, las que daban forma a lo vivido.
Los sentimientos profundos no mienten, como tampoco lo hace el cuerpo cuando se lo fuerza.
En cambio, nuestros pensamientos, creencias o ideologías pueden distorsionarlo todo.
Por eso, respetar el propio dolor y el anhelo de liberarse de él es la vía más cierta hacia la libertad interior.
Esa escucha, paciente y respetuosa, fue el terreno donde pude sentirme profundamente reconocido y cuidado.
De ahí nació la confianza, esa delicada transferencia que solo surge cuando uno se siente mirado con verdadero interés y respeto.
En ese espacio aprendí que la terapia -como la vida- se sostiene sobre una ética de la presencia respetuosa:
estar con el prójimo sin invadirlo, acompañar sin dirigir, y confiar en que cada persona, a su propio ritmo y a veces con ayuda, puede encontrar la paz donde antes solo había dolor.


