Rusia está tocando hace tanto tiempo el límite del resto de Europa, que podemos verlo solo como una amenaza, pero deberíamos preguntarnos si, en el fondo, no es también una llamada a gritos.
Me da la impresión de que Rusia ni puede perder del todo la guerra actual, ni quiere una guerra a gran escala, y necesita que Europa reaccione. Provoca «angustia» –ang significa estrechez-, para que sienta Europa que se va a angustiar mucho si no ayuda a pactar la paz y a ceder algo, porque tampoco Rusia va a ganar en un guerra abierta.
La historia solo puede servirnos de excusa para buscar la paz: dos naciones europeas se empeñaron en el pasado en invadir Rusia, y aunque lo ocurrido no sea responsabilidad de quienes hoy gobiernan, no estaría mal que Europa impulsara una paz en la que todas las partes estuvieran dispuestas a ceder.
Es muy difícil empatizar cuando hay una agresión, pero es futuro no será halagüeño si solo hay demonización mutua. En Europa también nos pasamos siglos conquistando el mundo, hasta que aprendimos y nos calmamos.
Puede que no nos guste la realidad que tenemos delante, pero la paz no se construye exigiendo que una sola parte cambie. En sanidad nunca le dice a alguien que llega con una herida: «no me gusta cómo ha llegado esta herdida; tendrías que haber venido antes»; empieza a curar desde la realidad que tiene delante.
¡Que deje de matarse la gente! Ojalá aprendamos a tiempo.


