La alegría, el agradecimiento, el amor… no se pueden contener.
Qué maravilla que así sea.
Cuando los expresamos, lo negativo se relativiza y pierde su poder.
Con las personas que queremos, es lo más natural. Pero con quienes no conocemos, parece carecer de sentido.
Y sin embargo, no es así.
A veces callamos para no incomodar.
Pero cada vez descubro que si se hace con discreción y sinceridad, decir lo bueno sienta bien.
“Estaban deliciosas las croquetas.”
O disfrutar de esos pequeños detalles que nadie espera:
Acercar la taza del café a la barra antes de irte.
Sonreír a quien te atiende.
Me di cuenta de que la forma en que expresamos nuestros gustos también es una muestra de sensibilidad hacia los demás.
Por ejemplo, no resulta muy considerado decirle a alguien en negativo: “No me gustan tus zapatillas nuevas”.
En estos casos, simplemente es mejor guardar silencio.
En cambio, cuando nuestra opinión es positiva, sí vale la pena expresarla con cariño. “Me encantan tus zapatos”.
Por eso, desde hace tiempo ya no quiero -ni puedo- contenerme.
No en lo malo.
Sino en la gratitud, en el reconocimiento, en decir lo bueno sin miedo.
Con naturalidad, confiando en quien lo recibe.
Porque la amabilidad, incluso en los gestos más pequeños, ha despertado alguna vez…
una mirada de hermandad.


