Siempre recordaré a una persona que me compartió algo muy valioso:
«Tuve una pareja hace muchos años. Nos separamos y cada uno tomó su camino.
Hace unos meses nos hemos reencontrado; aunque los dos hemos cambiado, nos hemos vuelto a gustar y estamos intentando retomar la relación.
Creíamos que, como ya habíamos sido pareja, el amor se habría conservado.
Y no. Nos hemos dado cuenta de que el vínculo de amor había que volver a crearlo».
Ese testimonio me confirmó que en toda relación existen tres realidades distintas.
Está una persona, la otra, y el vínculo que crean. Y ese vínculo tiene vida propia.
Los vínculos nacen, crecen y se alimentan de la experiencia compartida.
Y también pueden debilitarse o desvanecerse, no solo cuando falta amor, sino cuando no se comparte la vida.
Cuando una relación se rompe y se atraviesa un duelo, el lazo se va apagando poco a poco.
Y cuando se apaga, aparece un vacío: un espacio que no es solo la ausencia de la otra persona, sino la pérdida de algo que nos sostenía por dentro.
El afecto puede permanecer; pero el vínculo que existió ya no está.
Quizá por eso amar con sabiduría implica aceptar que los vínculos no son eternos por decreto.
Y que se sostienen mejor si ambas personas crecen juntas.


