A nuestro ego ya le cuesta energía y tiempo relativizarse, aprender y si puede, se defiende.
Esta «guerra» con nuestro ego es la única legítima que existe, porque el fruto es el respeto a la dignidad del prójimo.
El ego tiene su máximo aliado en el poder del mundo, porque mientras la batalla pueda librarse fuera, no se libra dentro.
Pero si está fomentado por cualquier supremacismos, cuando se desenmascara puede responder con violencia. Es el signo de los tiempos.

