– Me alcanzas el libro de la estantería? No llego.
– Claro, aquí lo tienes.
Poder es tener la capacidad real de hacer algo.
Solo cuando se tiene puede compartirse.
El verdadero poder no lo mide quien lo ejerce, sino quien lo recibe.
El problema surge cuando las personas tenemos carencias personales y en realidad no podemos.
Entonces intentamos llenar ese vacío con poder externo:
un cargo, un título, un estatus, el éxito…
Se trata de coger del éxito de este mundo para compensar lo que no nos ha sido dado…
sintiendo una ventaja o un poder sobre los demás.
¿Hay algo más humano?
¿Alguien estamos libres de padecerlo de alguna manera?
Va a ser que no.
Pero cuando eso ocurre de forma estructural, es decir si la carencia es muy grande
empezamos a depender de ese cargo, de ese estatus, de esa ventaja
Y perdemos la libertad de servir o de ser íntegros, porque nos aferramos para sobrevivir emocionalmente.
No podemos perder el poder.
Todo queda condicionado a sentir que en ese cargo sirvo a los demás, pero lo hago de forma impositiva, sin darme cuenta, sin remedio.
Hablo en primera persona porque todos, en algún momento, cogemos lo que no es nuestro: a nivel material o a nivel emocional.
Como toda expresión humana, podemos servir más o menos, nadie somos perfectos.
Nadie ejercemos el poder de forma totalmente servicial, ni lo utilizamos solo en beneficio propio.
Pero sirva de reflexión para que el tanto por ciento de servicio aumente en cualquier cargo de responsabilidad, paralelamente a no aferrarnos al poder como fin para nosotros, sino como medio para los demás.
Una de las grandes preguntas de la historia universal es esta:
¿Quiénes al han accedido más a cargos decisivos de poder?
¿Las personas más plenas, que buscaban sobre todo servir?
¿O las que más han necesitado el poder para sí mismas?
De esa respuesta ha dependido, muchas veces, el destino de los pueblos.
Por pura lógica, las personas más llenas por dentro pueden servir con o sin poder,
porque su servicio nace de una abundancia interior.
En cambio, cuando nos sentimos más vacíos necesitamos sí o sí el poder para realizarnos.
Los dones internos no necesita imponerse ni dominar.
No buscan reconocimientos ni jerarquías:
se colman sirviendo.
Po eso para muchas de esas personas, el poder del mundo es casi un estorbo.
Hay también quienes, con gran carisma, se proyectan en el mundo y sirven al progreso de sus semejantes.
Ejercen un sano liderazgo.
Porque el servicio auténtico solo puede brotar de una riqueza interior,
esa que, sin excepción, todas las personas llevamos dentro.
Si queremos reconocer ese poder genuino, podemos hacernos un simple test:
¿Nuestras acciones enriquecen la vida de los demás más que a la nuestra?
¿Generan seguridad, respeto y libertad?
¿O siembran miedo, sumisión y destrucción?
¿Podría dejar el cargo o dependo de él?
Quienes mandan -en el mundo, en las naciones, en el trabajo o en la comunidad- y sirven de verdad respetan los derechos humanos.
Que esta reflexión nos sirva para revalorizar el verdadero poder no como dominio, sino como servicio.
Un servicio que debe enriquecer de dignidad, oportunidades, desarrollo y libertad a todas las personas, sin excepción.


