Al menos en mi caso, solo consigo comprender profundamente la salud mental de mis pacientes cuando reconozco algo que también yo he sentido.
Cuando mi yo se ha sentido vulnerable y he conocido el miedo, la pérdida, la sensación de estar hundido, la necesidad de tener razón o de sentirme superior, el rechazo a depender de los demás, la desconfianza o el temor a estar físicamente enfermo.
Porque, debajo de muchas de estas defensas, estaba la necesidad de sentirnos seguros y queridos.
Claro está que cada persona lo vivimos a nuestra manera.
Eso no significa haber padecido las mismas dolencias ni haber pasado por las mismas circunstancias.
Significa reconocer que detrás de una conducta hay experiencias humanas que no nos son ajenas.
Al principio me pasaba que juzgaba o despreciaba a una persona por su conducta, pero en mi proceso cada vez lo siento menos, y es lo más bonito de mi profesión.
Por eso intento ayudar si se puede, y si no tolero, cuando familiares o profesionales lo hacen sin darse cuenta.
Hay una forma sencilla de saber hasta dónde llega nuestra comprensión: cuando intentamos introducir una mirada humana, aparece enseguida una respuesta defensiva: «A mí no me compares con esa persona, yo no tengo nada que ver con ella».
Quizá precisamente por eso la juzgamos: porque necesitamos colocarla al otro lado de la mesa para no reconocer que podríamos comprenderla y que, algún día, también nosotros podemos necesitar comprensión.


