Siempre recordaré una frase de una persona clave en mi formación, José Antonio Sanz, cuando en una exposición de fotografía me confesó:
«Lo más difícil es fotografiar sentimientos».
Con la música me ocurre exactamente lo mismo.
Con ella gozamos, bailamos, nos emocionamos, nos relajamos, amamos, reflexionamos o no pensamos.
Pero cuando se trata de escucharla en directo, solo cuando se toca con sentimiento es posible acariciar los sentimientos de los demás.
La música que permanece no es la que demuestra solo técnica, sino la que logra atravesar.
Por eso, cuando he preguntado a mucha gente qué género musical les gusta, en vez de concretarme uno, me respondieron:
«A mí me gusta la música que me llega».
Quizás por eso, estaría fenomenal en la música clásica que ofrecieran cierta información al publico.
Podría lograse con una frase orientadora en la presentación o una explicación en el folleto.
No tanto una explicación erudita, sino una en clave humana: desde qué estado vital fue creada esa obra.
Una pianista me contó que, antes de interpretar una pieza, siempre se informaba sobre el momento afectivo de quien lo había compuesto:
si estaba enamoradx, si atravesaba un duelo, en qué época de su vida fue…
No lo hacía para tocar “mejor”, sino para sentir más la emoción que dio origen a la música.
En el jazz, una de mis grandes pasiones, esta idea es fundamental.
La técnica, el sonido, el ritmo… son muy importantes.
Pero el gran saxofonista Perico Sambeat decía que el jazz puede llegar a ser tan árido que hasta lxs camarerxs se aburren al pasar.
Por cierto, un solo suyo te atrapa, porque siempre narra una historia de la vida.
Un solo de jazz no debería ser solo una demostración de complejidad ni de cálculo matemático.
Es una forma de decir algo que no cabe en palabras.
Las tensiones están hechas para jugar con el corazón del público.
El gran Iñaki Gabilondo señalaba en una entrevista reciente, con su habitual maestría, que existe una razón misteriosa por la cual un/a gran cantante puede no llegarnos, y otro/a que en «teoría» canta peor, logra conmovernos profundamente.
Es la música quien te elige.
Y no todos los momentos y las personas son iguales.
Por eso, como todo arte, la música no es solo técnica, sino un lenguaje para quien se atreve a compartir su alma con los demás.
Me gustaría mostrar un tema que supuso un antes y un después en mi vida, porque empecé a valorar la interpretación en la música como lo más grande.
Es del fabuloso violonchelista croata Stjepan Hauser tocando Oblivion del gran maestro Astor Piazzolla, la interpretación breve que más me ha impactado: a veces no me la acabo de creer.
Me la compartió mi entrañable amigo Antonio Reyes, y me confió: cuando la oigo me hace mejor.
Me gustó tanto que la compartí por WhatsApp a muchas personas queridas al día siguiente. Tiene hoy 26 millones de visitas en Youtube.


