Qué duro es aceptar que no somos perfectas ni perfectos, y mira que lo intentamos.
Nos sentimos eufóricos cuando creemos haberlo conseguido. Entonces llegamos a vernos mejores de lo que somos, e incluso superiores a los demás.
Podemos admirar nuestras virtudes y pensar que jamás caeríamos en los defectos ajenos. Desde nuestras circunstancias, qué fácil caer en ese engaño.
El ego es ese yo que se cree salvado, autosuficiente, casi endiosado; ese yo que piensa que no necesita purificarse ni cambiar, y que niega nuestra sombra cuando puede.
El ego intenta en vano el perfeccionismo. Parece buscar la excelencia, pero en realidad persigue el control. Y como parte de una premisa equivocada, cuando caemos en él nunca llegamos a sentirnos suficientes.
Si hay algo o alguien superior, que controla la vida en último término, limita esta omnipotencia falsa y nos sitúa con los pies en la tierra (humus), y aparece la humildad que descansa en la verdad y es profundamente liberadora.
La humildad nos permite aceptar nuestras limitaciones, así como agradecer nuestros dones. La autosuficiencia del ego se diluye, qué relax. Podemos ser débiles.
En la humildad no hay condena, porque el juicio de imperfección está aceptado; siempre podremos y deberemos mejorar, pero como meta, que en este mundo, nunca llega.
La humildad no dice: «No valgo nada». Tampoco dice: «No necesito a nadie». Dice más bien: «Tengo valor, pero también soy vulnerable; necesito amor y ayuda para seguir creciendo».
Y ahí aparece una posibilidad de paz al aceptar los límites.
Como enseñaba San Agustín de Hipona, la humildad es caminar en la verdad.
Y la verdad es que ninguna persona es perfecta. No hace falta aparentar lo contrario.
«Debo ser perfecta para ser digna de amor», dice la persona perfeccionista.
«Soy amada y, por eso, puedo seguir creciendo incluso cuando me equivoco», responde la humilde.
La primera actitud genera ansiedad, y la segunda, esperanza.
Por eso conviene preguntarnos:
«¿La voz que me habla por dentro me encierra en la acusación y el miedo o me acerca a la verdad y a la paz?»
La verdad puede incomodar al principio, pero abre caminos.
La acusación, en cambio, encierra y paraliza.
Jesús habla de ello en la parábola del fariseo y el publicano. El fariseo se cree superior, se compara, se justifica y desprecia a los demás. El publicano, en cambio, reconoce sencillamente su necesidad de misericordia.
Y Jesús concluye:
«Todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».
Alguien dijo que el cristianismo es la crucifixion del ego para que resucite el yo.


