Imaginemos esta fábula.
Un hospital tenía dos torres separadas por una gran rotonda interior.
Cada edificio contaba con su propio equipo de ambulancias, situado bajo su respectiva torre.
La organización era clara: cuando ocurría un accidente en la carretera o en el pueblo aledaño, se avisaba al equipo más cercano al lugar del mismo.
Si el suceso ocurría fuera de esas zonas, las ambulancias se alternaban según un turno establecido.
Un día, una persona cayó fulminada justo en el centro de la rotonda. Su familia llamó de inmediato al hospital solicitando ayuda urgente.
La ambulancia no llegaba. Volvieron a llamar. La respuesta fue que los equipos estaban determinando a quién le correspondía actuar.
El retraso fue importante. El paciente ingresó grave, aunque finalmente sobrevivió.
La familia presentó una queja formal, que se discutió en la reunión del hospital. El primer equipo sostuvo que le correspondía al segundo por turno.
El segundo alegó que el incidente no era ni en la carretera ni en un pueblo, y que la rotonda no pertenecía a ninguna de las dos zonas.
Ambos tenían razón… según la letra del reglamento.
La directora escuchó a ambos y luego dijo:
“He revisado la normativa. Es cierto: no hay ninguna referencia concreta a la rotonda.
Pero leamos el inicio del documento: ‘Normativa para organizar las ambulancias con el fin de garantizar la mejor atención a lxs pacientes’.
Si eso es lo que guía este reglamento, debía haber acudido la primera ambulancia que recibió el aviso. Por que era la que podía atender antes a ese paciente”
Luego tendría que haber venido hoy a esta reunión para proponer la actualización del reglamento, y lo hubiéramos hecho.
La directora decidió, además, que se pedirían sentidas disculpas a la familia explicando que el protocolo había sido corregido para que no volviera a suceder.
El espíritu de una norma es más importante que su literalidad.
La letra puede quedarse corta o ser imperfecta; el espíritu, si es el bien de las personas, no.
Cuando se pierde de vista el objetivo que dio origen a una regla, empieza a servir a quien la aplica en otros objetivos -comodidad, rigidez, miedo a asumir responsabilidades, etc.-.
El espíritu de la ley tendría que leerse en los juicios y en algunas reuniones para que no se escape lo esencial, el servicio a las personas.
Pues si no, ¡en ocasiones se utiliza la ley exactamente para lo contrario del espíritu que la inspiró!.
Cuando una norma deja de proteger a la persona a quien va dirigida y empieza a proteger solo a quien la aplica, ha perdido su sentido.
Por eso, cuando la norma no alcanza, actuar desde la conciencia para ayudar a las personas, es ser fiel al espíritu de la ley.


